El trágico suceso ocurrido el 12 de julio de 1930, que dejó una huella imborrable en la memoria colectiva de los argentinos, tuvo lugar en una mañana helada y brumosa. Un tranvía de la Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur, que cubría la ruta entre Temperley y Constitución, se precipitó al Riachuelo en un accidente que cobró la vida de al menos 56 personas. Las circunstancias de la tragedia reflejan no solo un fallo en la seguridad del transporte público, sino también la precariedad de la vida de numerosos trabajadores que dependían de este medio para llegar a sus empleos en una época de grandes cambios sociales y económicos en el país.

Esta lamentable historia comienza con el relato de uno de los pocos sobrevivientes, Remigio Benadasi, un obrero de 56 años que, al recordar el momento del accidente, describe una atmósfera de incertidumbre y caos. "Estaba sentado en un asiento delantero, cuando percibí las luces rojas de advertencia. Nunca imaginé que el tranvía no se detendría. De repente, todo cambió y me encontré en el agua", expresó el hombre, que logró salir del vehículo tras romper la ventanilla. Su testimonio, recogido por el poeta Raúl González Tuñón, pone de manifiesto el horror vivido por los pasajeros y el impacto emocional que tuvo el accidente en la comunidad.

El tranvía, que había sido diseñado en 1913 y contaba con capacidad para 36 pasajeros sentados y 22 de pie, se encontraba en un estado operativo cuestionable. Conducido por Juan Vescio, un joven de 31 años que había comenzado su carrera reciente como motorman, el vehículo estaba repleto de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes, que se dirigían a las fábricas y frigoríficos de la región. Este contexto socioeconómico es fundamental para entender no solo la magnitud del accidente, sino también la vulnerabilidad de los obreros en esa época, que dependían de un sistema de transporte ineficiente y peligroso.

La mañana del accidente se caracterizaba por una intensa niebla y una ligera llovizna, lo que generó condiciones adversas para la conducción. A medida que el tranvía se acercaba al Puente Bosch, que estaba levantado para permitir el paso de una lancha petrolera, la señalización no fue suficiente para evitar la tragedia. A pesar de las luces rojas y la alarma sonora, el conductor continuó su trayecto, posiblemente debido a la presión de los pasajeros que ya no podían esperar más, lo que generó un sentido de urgencia que resultó fatal.

El impacto del tranvía contra las aguas del Riachuelo fue devastador, y las cifras de muertos nunca se establecieron con exactitud, lo que añade un aura de desasosiego a la tragedia. Las autoridades se enfrentaron a un escándalo público, y las investigaciones posteriores revelaron la falta de protocolos de seguridad adecuados. El suceso no solo dejó un saldo trágico, sino que también puso en cuestión la capacidad del sistema de transporte público en una ciudad que crecía rápidamente.

A medida que el tiempo ha pasado, el accidente del tranvía en el Riachuelo ha sido recordado como un símbolo de la ineficiencia y el riesgo que enfrentaban los trabajadores argentinos en su día a día. Este evento trágico sirvió como un llamado de atención para las autoridades y la sociedad, instando a una revisión de las normativas de seguridad en el transporte, que lamentablemente muchas veces eran ignoradas. La memoria de aquellos que perdieron la vida en esta tragedia sigue viva, recordándonos la importancia de la seguridad en el transporte y la vida de todos los ciudadanos.