La ceremonia religiosa comenzó con un pasaje que evocó el fin de los tiempos, rescatando una profunda conexión espiritual en momentos de dolor. En la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé, ubicada en el corazón de Caballito, los migrantes venezolanos se reunieron para rendir homenaje a los afectados por los recientes terremotos en su país. En medio de la conmoción, la voz del sacerdote resonó con fuerza, citando el Apocalipsis: "Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva...". Esta evocadora lectura no solo marcó el inicio de la misa, sino que también estableció un ambiente de reflexión y comunidad, donde la tristeza y la esperanza se entrelazaron.

La noche del jueves, el dolor de la tragedia sísmica que azotó Venezuela se sentía en cada rincón de la iglesia. A medida que avanzaba la ceremonia, los asistentes compartían sus historias, anhelos y preocupaciones. La cifra oficial de fallecidos en el país caribeño alcanzaba las 188 personas, una estadística que se volvía personal para cada uno de ellos, quienes tenían familiares y amigos en la zona de desastre. Kleysa y María, dos mujeres originarias de Valencia, se encontraban entre los presentes, aferrándose a la esperanza de que sus seres queridos estuvieran a salvo.

La figura del padre Eusebio, capellán de la comunidad venezolana en Buenos Aires, se erigió como un faro en medio de la tormenta emocional. Con su apoyo, los migrantes encontraron un espacio para expresar su dolor y recordar a los que quedaron atrás. En el altar, las imágenes de la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela, y del Nazareno de San Pablo, evocaban la devoción que une a los venezolanos en tiempos de crisis. La música de una pequeña orquesta, que interpretó el himno nacional, resonó con fuerza y provocó una oleada de emociones, llevando a muchos a las lágrimas.

Noris, una mujer que lleva cinco años en Buenos Aires, vivió momentos angustiosos mientras intentaba comunicarse con sus hermanos, quienes residen en Caracas. Tras más de dieciséis horas sin noticias de ellos, la incertidumbre era abrumadora. "Fueron las horas más largas de mi vida", expresó entre sollozos, recordando la angustia que sentía mientras sus amigas intentaban calmarla con buenas noticias sobre la situación en su barrio. Finalmente, escuchar la voz de sus hermanos fue un alivio, un milagro que le permitió respirar nuevamente.

Yazmín, otra de las migrantes presentes, también se sintió conmovida por el acto. Con ocho años en Buenos Aires, había hecho de esta parroquia un refugio donde podía compartir su cultura y sus preocupaciones. La misa no solo sirvió como un espacio de luto, sino también como un recordatorio de la resiliencia de la comunidad venezolana en el exterior. La necesidad de conectarse con sus raíces y mantener viva la memoria de quienes sufren en su país es crucial en momentos de adversidad.

La misa en la Parroquia Nuestra Señora de Caacupé se convirtió en un símbolo de unidad para los migrantes venezolanos en Buenos Aires. En medio del dolor, encontraron consuelo en la comunidad y en la fe, reafirmando su identidad y la solidaridad entre ellos. A medida que el eco de las oraciones se desvanecía, el compromiso de ayudar a sus compatriotas que quedaron en Venezuela se fortalecía, uniendo aún más a quienes, aunque lejos de su hogar, mantienen viva la esperanza de un futuro mejor para su tierra. La tragedia sísmica, aunque devastadora, sirvió para recordarles la importancia de estar juntos, apoyarse mutuamente y nunca olvidar sus raíces.