El conflicto de Malvinas no solo dejó huellas en el campo de batalla, sino que también impactó profundamente en quienes trabajaron en el ámbito de la salud. Alicia Mabel Reynoso, enfermera retirada de la Fuerza Aérea Argentina, comparte su experiencia y reflexión sobre su papel en la guerra, un relato que pone de manifiesto el coraje y la resiliencia de las mujeres que se sumaron al esfuerzo bélico en un entorno hostil y marcadamente masculino. Su testimonio trasciende el tiempo y evoca la historia de aquellas que, sin dudarlo, se ofrecieron para cuidar de los heridos en medio de un conflicto que transformó sus vidas.

Alicia, oriunda de Gualeguaychú, recuerda con precisión el momento en que fue asignada al hospital militar en Comodoro Rivadavia. Al llegar, un oficial le preguntó sobre la cantidad de bolsas de residuos en el lugar, lo que inicialmente le pareció una inquietud trivial. Sin embargo, al abrir una puerta y encontrar numerosas bolsas mortuorias, comprendió la cruda realidad de su misión: no solo atender a los heridos, sino también confrontar la muerte de manera directa. Para ella, el objetivo era claro: salvar vidas y ayudar a que los soldados pudieran regresar al combate. A medida que pasaba el tiempo, la enfermera entendió la gravedad del escenario al que se enfrentaban y la importancia de su labor.

La historia de Alicia comienza en 1980, cuando, a sus 21 años, se convirtió en una de las primeras mujeres en ser incorporadas a la Fuerza Aérea Argentina. A través de un programa piloto, estas mujeres fueron sometidas a una serie de evaluaciones para determinar su capacidad de adaptación en un entorno tradicionalmente masculino. La experiencia resultó ser positiva, y con el tiempo, se consolidó su presencia en diversas áreas, incluyendo pilotaje y medicina, desafiando estereotipos de género y contribuyendo a la evolución de las Fuerzas Armadas.

A pesar de la resistencia inicial que enfrentaron, las enfermeras no se dejaron intimidar. En una ocasión, durante un desfile en Buenos Aires, fueron objeto de burlas y comentarios despectivos, lo que no hizo más que fortalecer su determinación. Consciente de su preparación y de la necesidad de su trabajo, Alicia y sus compañeras se enfocaron en brindar atención a los soldados heridos, demostrando que su presencia era fundamental en el ámbito militar.

Tras completar un intenso curso de formación, Alicia fue destinada al Hospital Aeronáutico Central en Pompeya, desde donde recibió la orden de movilizarse a la guerra en 1982. Junto a un grupo de cinco enfermeras, se preparó para el despliegue, aunque inicialmente su destino no fue Malvinas, sino Comodoro Rivadavia, donde se encontraba una de las bases militares que operaban en el conflicto. Allí, trabajaron en la instalación de un hospital móvil, un esfuerzo titánico que consistió en ensamblar once módulos para establecer un centro médico capaz de atender a los heridos en combate.

El hospital que se montó en Comodoro Rivadavia contaba con instalaciones adecuadas para realizar cirugías, terapia intensiva, y contaba incluso con una planta potabilizadora de agua, lo que demuestra la complejidad y la logística detrás de la atención médica en un entorno bélico. Alicia recuerda que este hospital fue adquirido a Estados Unidos y su montaje fue un esfuerzo colectivo que fortaleció el espíritu de camaradería entre las enfermeras y el personal militar. Cada una de ellas fue fundamental para garantizar que se brindara la mejor atención posible en medio del caos.

El relato de Alicia Mabel Reynoso no solo es un testimonio sobre su experiencia como enfermera en Malvinas, sino también un llamado a recordar y reconocer el papel vital que desempeñaron las mujeres en la historia militar argentina. Su valentía y dedicación, a menudo silenciadas en el relato oficial, merecen un lugar en la memoria colectiva del país, recordándonos que en situaciones extremas, el compromiso y la humanidad siempre prevalecen ante la adversidad.