La noche del 19 de abril de 1991 marcó un hito trágico en la historia del rock argentino y en la lucha por los derechos humanos en el país. El estadio Obras Sanitarias, conocido por ser un escenario emblemático del género, se convirtió en el epicentro de una brutal represión policial. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ofrecían un recital que convocó a miles de fanáticos, entre ellos, Walter David Bulacio, un joven de 17 años oriundo de Aldo Bonzi. Lo que prometía ser una noche de música y diversión se transformó en un calvario del que Walter nunca pudo escapar.
Fuera del estadio, la atmósfera era completamente diferente. La Policía Federal Argentina había desplegado un operativo masivo que no solo buscaba garantizar la seguridad del evento, sino que se asemejaba más a una cacería indiscriminada de jóvenes. En ese contexto, las razzias eran una práctica común, donde se realizaban detenciones masivas sin justificación legal, amparadas en la difusa figura de “averiguación de antecedentes”. La represión y la violencia se habían normalizado en una sociedad que aún lidiaba con las secuelas de la dictadura militar.
Walter, un chico común sin antecedentes ni militancia política, se encontraba allí con sus amigos, deseando disfrutar de su banda favorita. Sin embargo, esa noche fue arrestado junto a más de 80 jóvenes, la mayoría de ellos menores de edad, que tampoco habían cometido delito alguno. La actitud de la policía, en lugar de ser preventiva, era claramente represiva, una muestra de la desconfianza y el temor que las autoridades sentían hacia la juventud. La detención de Walter fue el inicio de un proceso que se tornaría cada vez más oscuro.
Al ser llevado a la comisaría 35ª, la situación de Walter se agravó. La legalidad de su arresto fue rápidamente cuestionada, ya que al ser menor de edad, la normativa exigía la intervención inmediata de un juez de menores y la notificación a sus padres, procedimientos que no se cumplieron. En su lugar, Walter fue mantenido en condiciones deplorables, sin ningún tipo de registro formal o supervisión judicial. Este contexto de irregularidades sentó las bases de una de las historias más desgarradoras de abuso institucional en la Argentina.
Los informes posteriores sobre lo ocurrido en la comisaría revelaron que Walter fue víctima de violencia sistemática. Testimonios y peritajes confirmaron que no fue un caso aislado, sino que representó un patrón de conducta de la Policía Federal. El comisario Miguel Ángel Espósito, encargado de la dependencia, se convirtió en el símbolo de una fuerza que desbordaba en brutalidad. La violencia ejercida sobre Walter no solo fue un hecho lamentable; fue una expresión de un sistema que no protegía a los más vulnerables, sino que los sometía a un trato inhumano.
La lucha por justicia de la familia de Walter, especialmente de su abuela, se transformó en un clamor colectivo. A medida que la historia de su detención ilegal y las secuelas de la violencia institucional salieron a la luz, la sociedad argentina comenzó a cuestionar la impunidad de las fuerzas de seguridad. La historia de Walter Bulacio no solo es un recordatorio del sufrimiento de un joven cuyo futuro fue truncado, sino también un llamado a seguir luchando por los derechos humanos y a no permitir que la memoria de aquellos que sufrieron en silencio sea olvidada. La búsqueda de justicia para Walter se ha convertido en un símbolo de resistencia contra la represión y la violencia institucional.



