La historia de Tomás Oropel y los hermanos Ezequiel, Emanuel y Tomás es un testimonio profundo que desafía los prejuicios asociados a la adopción de adolescentes. En una sociedad donde frecuentemente se asocia la paternidad a la biología, este relato destaca que la verdadera esencia de una familia radica en el amor y en la elección mutua de sus integrantes. La decisión de Tomás de adoptar no solo transformó su vida, sino que también brindó un nuevo hogar a estos jóvenes, quienes, tras haber compartido experiencias difíciles, encontraron en él una figura paterna. Es un relato que resalta la importancia de la resiliencia, la empatía y el compromiso familiar.

Ezequiel, el mayor de los tres hermanos, vivió hasta los 11 años en Aldeas Infantiles, un hogar de acogida en Córdoba. En aquel entorno, rodeado de otros niños que vivían la misma incertidumbre que él, Ezequiel aprendió a buscar afecto en las cuidadoras, a quienes cariñosamente llamaba “tías”. Sin embargo, desde pequeño, tenía claro su deseo de formar parte de una familia unida. Este anhelo, que a menudo se ve opacado por la rutina institucional, lo llevó a soñar con la posibilidad de tener un hogar donde pudiera sentirse amado y aceptado.

Por su parte, Tomás estaba en un punto de inflexión en su vida. Después de una relación de 14 años que no cumplió con sus expectativas de paternidad, decidió emprender el camino hacia la adopción. A pesar de las dificultades que presentaba la situación, incluido el contexto de la pandemia que obligó a realizar trámites en línea, Tomás no dudó en inscribirse en el Registro Único de Adopción (RUA) en 2020. Este proceso, que en otros momentos podía ser engorroso, se convirtió en una experiencia sorprendentemente eficiente gracias a la virtualidad.

El camino hacia la adopción de Ezequiel se materializó rápidamente. En julio de 2021, su legajo estaba listo y, solo cinco meses después, recibió la llamada que cambiaría su vida. Desde la Secretaría de Niñez, Juventud y Violencia Familiar de Córdoba le propusieron conocer a un adolescente de 11 años, lo que fue una sorpresa para Tomás, quien había indicado que estaba abierto a adoptar hasta niños de 10 años. Esta coincidencia fue interpretada como un signo del destino, una suerte de “match” entre lo que buscaba y lo que Ezequiel necesitaba.

El primer encuentro entre Tomás y Ezequiel tuvo lugar en diciembre de 2021, en el entorno formal del juzgado. Ezequiel, con la ansiedad que caracteriza a un niño que espera conocer a su futuro padre, sorprendió a Tomás al regalarle una cajita de cartulina con caramelos. Este gesto, aunque simple, fue fundamental para establecer un vínculo inicial. Tomás, nervioso y sin preparativos, sintió que la conexión se forjaba de manera natural a medida que intercambiaban palabras y compartían sus intereses.

A lo largo de los meses, la relación entre Tomás y Ezequiel se consolidó, y pronto se sumaron Emanuel y Tomás, los otros dos hermanos, quienes también encontraron en Tomás una figura paternal. El proceso de integración no estuvo exento de desafíos, pero el amor y la paciencia permitieron que la familia se uniera de forma sólida. Tomás se convirtió en un padre presente y comprometido, y en cada paso, reafirmó su decisión de construir una familia que eligió todos los días.

Esta historia no solo es un relato sobre la adopción, sino un llamado a la reflexión sobre lo que significa realmente ser familia. En un mundo donde los vínculos se ven muchas veces condicionados por lo biológico, Tomás y sus hijos demuestran que el amor, la elección y el compromiso son los verdaderos pilares de una familia. Así, con cada día que pasa, continúan escribiendo juntos su propia historia, desafiando convencionalismos y mostrando que el hogar se construye con afecto y dedicación.