El 3 de abril de 2012, un trágico error marcó la vida de Analía Boutet y su familia para siempre. En el Hospital Perrando de Resistencia, Chaco, les informaron que su hija recién nacida había llegado al mundo sin vida. Sin embargo, doce horas después, un hallazgo impactante en la morgue reveló que la pequeña, a quien su madre había decidido llamar Luz Milagros, aún respiraba. Este momento crucial, que debería haber sido un alivio, se convirtió en el inicio de una lucha desgarradora por justicia y reconocimiento.

La beba, encontrada en condiciones alarmantes, estaba cubierta de escarcha y padecía una hipotermia severa, consecuencia de haber sido dejada en la morgue por más de un día. A partir de ese momento, Luz Milagros fue reingresada a neonatología, siendo posteriormente trasladada a centros médicos más avanzados en Buenos Aires y Rosario. Sin embargo, el tiempo que pasó expuesta a esas condiciones extremas afectó gravemente su salud, provocándole encefalomalacia multiquística, insuficiencia respiratoria crónica y sepsis. Tristemente, la pequeña falleció el 23 de junio de 2013, con tan solo 14 meses, debido a una falla multiorgánica.

Más de una década después de este lamentable suceso, la justicia chaqueña emitió un fallo que no solo no trajo consuelo a Analía, sino que pareció abrir nuevas heridas. La ginecóloga que había firmado el certificado de defunción fue absuelta de toda responsabilidad, mientras que la madre fue condenada a asumir parte de los costos del juicio. Además, la indemnización estipulada de 160 millones de pesos fue considerada insuficiente para reparar el daño irreversible que sufrió su familia. “La justicia se nos río en la cara”, expresó Analía con profunda desilusión. “Con esta sentencia, es la tercera vez que matan a mi hija”, agregó, reflejando el dolor y la frustración que siente ante lo que considera una falta de justicia.

Analía recordó que el nacimiento de Luz Milagros estuvo marcado por numerosas irregularidades desde el inicio. La inadecuada identificación de la situación de la bebé, la falta de protocolos básicos y la ausencia de maniobras de reanimación adecuadas fueron aspectos que marcaron un antes y un después en esta tragedia. “No se respetaron los tiempos de espera necesarios para confirmar la muerte en neonatos, sobre todo en casos de prematurez. La ausencia de signos vitales visibles no es concluyente”, enfatizó Boutet, quien sostiene que la falta de procedimientos adecuados llevó a la pérdida de su hija.

El proceso que culminó en el trágico error fue desencadenado por la firma del certificado de defunción por parte de la ginecóloga Liliana Gilbert Finos. Esa decisión precipitó una serie de acciones que llevaron al cuerpo de Luz Milagros a ser colocado en un cajón y trasladado a la morgue, un hecho que debería haber sido completamente distinto. Fue gracias a la insistencia de Analía, quien exigió ver a su hija, que se descubrió que Luz aún estaba viva, lo que salvó su vida momentáneamente, pero no pudo evitar el daño irreversible que sufrió.

El abogado de Analía, Carlos Guido Leunda, subrayó que los protocolos médicos indican que, en caso de muerte de un recién nacido, los padres deben tener la oportunidad de ver a su hijo no solo como parte del proceso de duelo, sino también como una verificación de la situación. “Nada de esto se cumplió”, lamentó Leunda, señalando la gravedad de la falta de respeto hacia los derechos de los padres y la vida de la bebé.

El fallo del juez Rafael Martín Trotti, que se ocupó del caso en el Juzgado Civil y Comercial 20, lo enmarcó como un caso de mala praxis. A pesar de condenar al Ministerio de Salud Pública, al hospital Perrando y a dos médicas neonatólogas a indemnizar a los padres y la abuela de Luz, la absolución de la ginecóloga fue un duro golpe para Analía. Este desenlace no solo refleja la complejidad de los errores cometidos, sino también la lucha incansable de una madre por la justicia y la memoria de su hija.