En un día cualquiera, Ivor Campbell y Jenny Snedden decidieron llevar a sus perros, Ziggy y Juno, a dar un paseo por una playa en la costa este de Escocia. Las condiciones climáticas habían sido adversas en los días previos, con vientos que alcanzaron los 90 km/h, los cuales removieron la arena de las dunas en la región de Angus, dejando al descubierto áreas de arcilla que normalmente permanecen cubiertas.
Mientras caminaban, los amigos se toparon con algo inesperado: unas huellas marcadas en la arcilla endurecida que había emergido tras el paso del viento. Lo que iba a ser una salida habitual se convirtió en un descubrimiento arqueológico significativo. Ante la posibilidad de haber encontrado algo importante, contactaron de inmediato a un arqueólogo local para investigar el hallazgo.
El descubrimiento llamó la atención de un equipo de la Universidad de Aberdeen, que se trasladó rápidamente al sitio para preservar las huellas antes de que el mar y las inclemencias del tiempo las eliminaran. Los investigadores tuvieron que improvisar, incluso comprando yeso en una tienda cercana para crear moldes y documentar la evidencia de forma precisa. La arqueóloga Kate Britton describió la experiencia como uno de los mayores desafíos de su carrera debido a las adversas condiciones, lo que hizo que el rescate fuera una carrera contrarreloj.
El esfuerzo del equipo fue crucial, ya que aunque las huellas desaparecieron en menos de dos días, lograron mapear el sitio y obtener moldes que representan las primeras evidencias de huellas humanas y animales antiguas en Escocia. Un análisis posterior reveló que estas huellas datan de hace aproximadamente 2.000 años, situándolas en la Edad de Hierro tardía, lo que sugiere que la zona fue usada por humanos y ciervos, evidenciando una convivencia en un periodo de grandes transformaciones históricas. El arqueólogo Gordon Noble subrayó la importancia del hallazgo, que aporta una perspectiva única sobre la vida en Escocia durante las invasiones romanas.



