En el corazón del Microcentro de Buenos Aires, a pocos pasos del emblemático Congreso y de las ajetreadas avenidas del barrio de San Nicolás, se encuentra un lugar que contrasta con el ritmo frenético de la ciudad. Este es el Pasaje Rivarola, un pasadizo que evoca la estética parisina a través de su arquitectura Beaux Arts, convirtiéndolo en una de las pocas obras en espejo de la capital argentina. Este pasaje, que parece sacado de una postal de París, ofrece a los visitantes una experiencia única, con una atmósfera más íntima y un diseño que desafía la lógica urbana porteña.
El Pasaje Rivarola se extiende a lo largo de aproximadamente 100 metros, conectando las calles Bartolomé Mitre y Juan Domingo Perón. Lo más llamativo de esta construcción es su perfecta simetría, donde los edificios a cada lado del pasaje replican con precisión sus elementos, como balcones, molduras y cúpulas, creando una armonía visual poco común en el paisaje arquitectónico de Buenos Aires. Esta elección de diseño, que privilegia la repetición y la uniformidad, es un rasgo distintivo que lo separa de otros espacios urbanos de la ciudad.
La historia del pasaje se remonta a entre 1924 y 1926, un período en el que Buenos Aires buscaba reafirmar su identidad urbana con influencias europeas. El proyecto fue llevado a cabo por la firma Petersen, Thiele y Cruz, quienes tenían la tarea de transformar una manzana tradicional en un pasaje que contara con una identidad propia. Esta intervención arquitectónica se inscribe dentro de un contexto en el que la ciudad se modernizaba y se adaptaba a los nuevos estilos de vida de principios del siglo XX.
Originalmente, el pasaje fue conocido como “La Rural”, en honor a la compañía de seguros que propició la inversión en el proyecto. Con el tiempo, el nombre cambió por el de Rodolfo Rivarola, un jurista y pensador relacionado con la Generación del 80, lo que denota la relevancia cultural del lugar. La construcción fue realizada por la Compañía General de Obras Públicas (GEOPÉ), una firma de capital alemán que había estado involucrada en la edificación de otros íconos de la ciudad, como el Obelisco y la Bombonera, lo que asegura un estándar de calidad en la obra que aún es evidente en la actualidad.
La firma Petersen, Thiele y Cruz, aunque a menudo se mencionaba como un bloque, tuvo a varios protagonistas clave en su historia. Gustavo Adolfo Petersen, el arquitecto principal, y Ricardo Otto Thiele, el ingeniero, fueron fundamentales en la realización de múltiples proyectos que moldearon la infraestructura del país. Horacio Cruz, también arquitecto y artista plástico, completó el trío que dejó una marca indeleble en la arquitectura argentina, destacando su compromiso con el academicismo francés que define el estilo Beaux Arts.
A pesar de que el pasaje se encuentra en una zona que ha experimentado cambios a lo largo de los años, su atractivo radica en su singularidad y en la belleza de su diseño. Es un lugar visitado tanto por turistas como por locales que buscan disfrutar de un momento de calma en medio del bullicio de la ciudad. La arquitectura en espejo del Pasaje Rivarola no solo ofrece una experiencia visual fascinante, sino que también invita a la reflexión sobre la influencia de las corrientes europeas en el desarrollo urbano de Buenos Aires.
En conclusión, el Pasaje Rivarola no es solo una obra arquitectónica, sino un testimonio de la búsqueda de Buenos Aires por establecer una conexión cultural con Europa durante el siglo XX. Su diseño Beaux Arts, su historia y su ubicación lo convierten en un rincón especial que merece ser visitado y apreciado. Este pasaje, con su atmósfera parisina, sigue siendo un símbolo de la rica herencia arquitectónica de la ciudad y un recordatorio de su constante evolución.



