Durante las últimas semanas, El Niño concentró buena parte de la agenda pública en la Argentina, principalmente por sus posibles efectos sobre el campo: el volumen de lluvias, la conveniencia de adelantar o demorar siembras y el riesgo de anegamiento en distintos lotes. Sin embargo, el fenómeno también plantea desafíos para empresas y actividades que exceden al sector agropecuario y que dependen de una infraestructura expuesta al clima.
El impacto puede alcanzar al transporte, la logística y la energía. Un camión podría quedar impedido de salir de un lote inundado, mientras que un puerto podría demorar un embarque. También podrían verse afectadas las plantas cuya generación depende de una represa y los centros de datos expuestos al ingreso de agua. Por eso, el escenario obliga a evaluar el riesgo climático como un problema de toda la cadena de valor.
Según datos de la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), El Niño ya se encuentra en la categoría “muy fuerte”, con posibilidades de alcanzar niveles récord. El organismo estima que el fenómeno continuará intensificándose hasta llegar a su pico entre noviembre de 2026 y enero de 2027.
Mientras en otras zonas de América Latina El Niño suele asociarse con condiciones de sequía, en el Cono Sur —Argentina, Chile y Uruguay— la señal predominante es la contraria: más lluvias, mayor humedad y una presión creciente sobre cuencas que ya se encuentran exigidas. En esa línea, un informe reciente de Aon identificó un aumento del riesgo climático para la agroindustria, el transporte y la infraestructura argentina durante la temporada 2026/27. Entre las áreas señaladas figuran el Litoral, la cuenca del río Uruguay, el centro agrícola y urbano de la provincia de Buenos Aires y Córdoba.



