El origen de los calamares y las sepias ha sido objeto de investigación durante años, generando un interesante debate dentro de la comunidad científica. Recientes hallazgos han permitido reconstruir su evolución a través de la integración de datos del registro fósil, estudios de desarrollo embrionario y análisis moleculares. Esta nueva perspectiva, expuesta en un artículo en la revista Bioessays, revela detalles sorprendentes sobre cómo estos complejos cefalópodos han llegado a ocupar su lugar en el ecosistema marino.
Según los investigadores, los ancestros de calamares y sepias pertenecen a una rama específica de los cefalópodos coleoides, caracterizados por la notable reducción o pérdida de su concha externa. Estos primeros representantes emergieron durante el Mesozoico, un periodo que se distingue por sus cambios estructurales significativos que los diferenciaron de los nautiloideos. La internalización progresiva de la concha, que eventualmente desapareció, es un factor clave que permitió el desarrollo de organismos más ágiles, adaptados a nichos que requerían rapidez y maniobrabilidad para sobrevivir en un entorno competitivo.
Los estudios moleculares corroboran los hallazgos fósiles al indicar que la diversificación de los coleoides actuales, que incluye tanto calamares como sepias, se produjo a partir de un ancestro común que existió mucho antes de la extinción masiva del Cretácico. Esta conexión entre registros paleontológicos y datos genéticos ha permitido desentrañar algunas de las incógnitas sobre el surgimiento de estos animales, revelando un proceso evolutivo que, aunque gradual, estuvo marcado por cambios anatómicos significativos que facilitaron su adaptación.
Durante la extinción del Cretácico, un evento catastrófico que eliminó a numerosos organismos, los calamares y las sepias implementaron una estrategia de supervivencia que les permitió persistir cuando muchas otras especies se extinguieron. Investigaciones indican que estos cefalópodos se refugiaron en hábitats oceánicos profundos, lejos de la superficie, donde los efectos ambientales eran más devastadores tras el impacto del meteorito. Esta capacidad de desplazarse a aguas más profundas y de aprovechar los recursos en entornos menos afectados fue fundamental para su supervivencia y posterior diversificación.
La evolución de los calamares y sepias también se distingue por la transformación significativa que representa la pérdida de la concha externa. Este cambio estructural no solo aumentó su agilidad, sino que también les permitió desarrollar habilidades de movimiento excepcionales, facilitando maniobras rápidas y evasivas para eludir a sus depredadores. Esta adaptación es considerada uno de los hitos más notables dentro del grupo de los moluscos, destacando cómo la evolución puede conducir a cambios morfológicos que impactan directamente en la supervivencia.
En conclusión, el éxito evolutivo de los calamares y las sepias está intrínsecamente relacionado con su capacidad de adaptación a circunstancias extremas, especialmente durante periodos de crisis global. La plasticidad ecológica de estos cefalópodos les ha permitido no solo sobrevivir, sino también diversificarse en un mundo que ha cambiado drásticamente a lo largo de millones de años. El análisis de su historia evolutiva no solo enriquece nuestro entendimiento sobre estos fascinantes animales, sino también sobre la resiliencia de la vida en la Tierra ante eventos de extinción masiva.



