Alejandra Aguilera había viajado desde Floresta hasta Villa Urquiza para cumplir con unos compromisos laborales cuando, durante una mañana de cielo gris, se encontró con una escena inesperada. Sobre el asfalto mojado por el paso de un frente de tormenta violento en la Ciudad de Buenos Aires, un ave de gran tamaño permanecía inmóvil contra una pared, mientras un grupo de caranchos la acechaba. Dos hombres mayores observaban la situación y creían que el animal estaba agonizando.

La mujer advirtió una leve reacción en la mirada y decidió intervenir. Sin guantes ni equipamiento especial, se acercó con cuidado, acomodó el plumaje sobre el cuerpo y levantó al ave, que en un primer momento confundió con un halcón. “Era tan grande que pensé que se trataba de un halcón. Parecía un avión que había caído en picada”, recordó. Al revisarla, observó tierra en el pico, la lengua ensangrentada y una de sus patas contraída, en lo que parecía una fractura grave.

Con el animal, de 650 gramos, sostenido entre sus manos, Aguilera inició un recorrido a pie para encontrar asistencia profesional. Caminó más de siete cuadras y recibió distintas negativas: algunas veterinarias no atendían animales exóticos, otras no tenían lugar para urgencias y tampoco logró conseguir un traslado. La búsqueda de ayuda comenzó así en medio de las dificultades, mientras el ave permanecía herida y vulnerable tras la tormenta.