Las relaciones diplomáticas entre Argentina y Francia se vieron marcadas por tensiones y conflictos desde sus inicios en el contexto de la primera mitad del siglo XIX. Con la llegada al trono de Luis Felipe de Orleans en julio de 1830, la situación se complicó aún más, especialmente a raíz de una ley de 1821 que afectaba a los extranjeros residentes en el país. Esta normativa establecía que aquellos ciudadanos que ejercieran el comercio y tuvieran más de dos años de residencia podían ser reclutados para el servicio militar en caso de necesidad, un hecho que generó descontento entre los franceses que residían en nuestro territorio.
La historia de los reclutamientos de extranjeros en Argentina no era nueva, ya que esta práctica había comenzado en 1815 y abarcaba a hombres de entre 16 y 60 años con una residencia mínima de dos años. Sin embargo, la diplomacia francesa había estado insistiendo en la necesidad de que sus ciudadanos fueran eximidos de esta obligación, en contraste con la situación de los británicos, quienes ya gozaban de privilegios que les permitían evitar el servicio militar. El reconocimiento de la independencia argentina por parte de Gran Bretaña en diciembre de 1825 y el consecuente acuerdo comercial, que otorgaba a los británicos libertad de tránsito y exenciones fiscales, acentuaron la frustración de los franceses, quienes se sentían discriminados.
Con el arribo del segundo mandato de Juan Manuel de Rosas en 1832, las relaciones entre Argentina y Francia no mostraron signos de mejorar. Esto se vio reflejado en la actitud del vice cónsul francés, Aimé Roger, cuya postura arrogante y agresiva complicó aún más la interacción entre ambas naciones. Roger estaba convencido de que un éxito en el ámbito diplomático lo catapultaría a una posición destacada en la corte de Luis Felipe, y por ello no dudó en exigir la exención del servicio militar para los franceses, así como la libertad de un compatriota, Pedro Lavié, que había sido encarcelado por robo.
El caso de César Hipólito Bacle, un talentoso litógrafo y crítico literario de origen ginebrino, también se convirtió en un punto de conflicto. Bacle había llegado a Argentina en 1825 y se había destacado en varias áreas, incluyendo la dirección de la Litografía del Estado, un cargo que le fue otorgado por Rosas en 1829. Su trabajo fue fundamental para el desarrollo de la comunicación visual en el país, y su labor incluyó la creación de publicaciones significativas como el Boletín de Comercio y la Colección General de marcas de ganado de la Provincia de Buenos Aires. Sin embargo, su suerte cambió drásticamente tras un viaje a Chile, donde se involucró en conversaciones políticas delicadas sobre los emigrados argentinos.
Al regresar a Argentina, las autoridades ya estaban al tanto de sus actividades y opiniones, lo que lo llevó a ser acusado de traición por su supuesta vinculación con los unitarios y la venta de información sensible a Bolivia. A pesar de su renombre y contribuciones al país, Bacle fue encarcelado y condenado a muerte. En un giro inesperado, logró que el cónsul francés intercediera por él, lo que resultó en la conmutación de su pena, aunque permaneció en prisión bajo condiciones deplorables durante cinco meses.
Este episodio no solo refleja las tensiones de la época, sino que también ilustra las complejidades de la política internacional en América Latina durante el siglo XIX. La influencia de potencias extranjeras como Francia en la región, así como la resistencia de líderes locales como Rosas, configuraron un panorama diplomático complicado, donde los intereses nacionales y las demandas de los extranjeros se entrelazaban de manera conflictiva. Este capítulo de la historia argentina resalta la importancia de la diplomacia y los desafíos que enfrentaron los países en su búsqueda de autonomía y reconocimiento en un mundo dominado por potencias imperiales.



