En Japón, el recuerdo de la Unidad 731 aún provoca malestar y muchos prefieren no hablar del tema. Un anciano, con las manos entrelazadas sobre sus rodillas, se encuentra en una entrevista, donde un periodista mexicano le pregunta sobre esta infame unidad. Su respuesta es contundente: "Lo que viví allí nunca se borrará de mi mente". Sin embargo, no desea profundizar más en su experiencia y su nombre permanece en el anonimato. Este testimonio, recogido en 2024, es solo una de las muchas voces que emergen lentamente, revelando un pasado oscuro a través de relatos fragmentados y confesiones de quienes estuvieron involucrados, aunque la mayoría de los sobrevivientes prefieran el silencio.

La Unidad 731 operó en Harbin, en el noreste de China, en la provincia de Heilongjiang, en un complejo de ladrillos y cemento que muchos evitaban. Entre 1938 y 1945, el Ejército Imperial Japonés estableció un laboratorio que, bajo la apariencia de investigaciones médicas, llevó a cabo el mayor programa de experimentación humana del siglo XX en Asia. Aunque su fachada era la de un centro científico dedicado a combatir enfermedades y desarrollar vacunas, la cruda realidad era que en sus instalaciones se perpetraron atrocidades inimaginables.

Los documentos desclasificados en 2025 revelan que entre 3.000 y 12.000 personas, en su mayoría civiles chinos pero también coreanos, rusos y otros, perdieron la vida en este lugar. Las prácticas inhumanas incluyeron vivisecciones sin anestesia, amputaciones y la inoculación de virus mortales. Lo más aterrador es que algunas víctimas eran liberadas en aldeas para observar la propagación de enfermedades. A pesar de la magnitud de los crímenes, tras la guerra, muchos de los responsables, incluido el doctor Shirō Ishii, no enfrentaron justicia. Estados Unidos ofreció inmunidad a cambio de información sobre sus investigaciones, permitiendo que los perpetradores regresaran a una vida normal, lejos de las consecuencias de sus actos.