El crimen que conmocionó a Manhattan en 1913 sigue siendo recordado por su brutalidad y por la peculiaridad de su autor. Joseph Faurot, jefe de detectives de la ciudad, era conocido por su meticulosidad y dedicación en cada caso que abordaba. Así fue como decidió tomar en sus manos una investigación que comenzaba con el hallazgo de restos humanos en el Río Hudson, tras el descubrimiento de dos partes de un torso femenino y un muslo en distintas ubicaciones a orillas del río.

La autopsia reveló que se trataba de una mujer joven, con menos de 30 años y que había dado a luz recientemente, lo que complicaba la identificación de la víctima. Sin embargo, Faurot halló una pista clave en las sábanas y fundas que envolvían los restos; una de ellas tenía una etiqueta con información del lugar de compra. Tras seguir esa pista, llegó a un comerciante de muebles en Manhattan, quien le proporcionó el nombre de un cliente que había realizado la compra. Esto llevó a Faurot hacia un departamento donde, según el portero, residía un matrimonio de acento alemán y una mujer embarazada.

Después de días de vigilancia, los detectives obtuvieron una orden para ingresar al departamento. El interior del lugar reveló un escenario escalofriante: manchas de sangre en las paredes y un baúl que contenía herramientas de un crimen. Además, encontraron correspondencia dirigida a Anna Aumüller, quien había sido ama de llaves de la Iglesia de San Bonifacio. La investigación finalmente apuntó al cura John Braun, quien, tras ser interrogado, dio detalles sobre la vida de Aumüller y su reciente mudanza. Este caso escalofriante no solo destapó un homicidio, sino que además llevó a la condena del único sacerdote en EE.UU. sentenciado a muerte, dejando una huella imborrable en la historia criminal del país.