El tabaquismo sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo, con aproximadamente 1.200 millones de adultos fumadores y más de 8 millones de decesos anuales. En Argentina, a pesar de los esfuerzos realizados durante décadas, el consumo de tabaco ha alcanzado una meseta preocupante, donde un segmento considerable de la población continúa fumando, aun siendo conscientes de los riesgos asociados.

Uno de los principales obstáculos para avanzar en esta problemática radica en la percepción errónea sobre la nicotina. En el debate público, se ha etiquetado a esta sustancia como la principal responsable de enfermedades graves, como el cáncer de pulmón y las afecciones cardíacas. Sin embargo, la comunidad científica sostiene que, aunque la nicotina genera dependencia, es el humo producido por la combustión lo que realmente causa el daño. Al centrar la atención en demonizar la nicotina, se corre el riesgo de pasar por alto la gravedad de la combustión química, que libera miles de sustancias tóxicas.

Para actualizar nuestras políticas de salud, es fundamental ser precisos desde el punto de vista científico. La nicotina no está clasificada como carcinógena por organismos internacionales como la FDA y la IARC. El verdadero peligro reside en el humo del cigarrillo, que al encenderse produce un cóctel de más de 7.000 compuestos nocivos. Al clasificar a la nicotina y al humo del cigarrillo en la misma categoría de riesgo, se envía un mensaje confuso a los fumadores, que podrían pensar que no hay alternativas viables. La reducción de daños, que ofrece opciones para aquellos que no pueden dejar de fumar, debería ser considerada como un complemento a las estrategias de prevención y cesación, ayudando a disminuir la exposición a los efectos adversos del tabaco sin eliminar completamente su consumo. Argentina tiene la oportunidad de aprender de otros países que han implementado con éxito estas medidas y han logrado descender significativamente en sus tasas de tabaquismo.