Hace más de un siglo, la medicina enfrentaba desafíos inimaginables. Enfermedades comunes, como una simple otitis, podían convertirse en amenazas mortales. La propagación de infecciones a través de heridas menores a menudo resultaba en complicaciones fatales, y la mortalidad infantil era tristemente alta. Sin embargo, todo cambió con el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming en 1928, que marcó un hito en la historia médica y ayudó a salvar millones de vidas durante la Segunda Guerra Mundial.
Con el avance en la producción de antibióticos, el panorama de la salud fue transformándose. Las muertes por infecciones disminuyeron drásticamente, y la esperanza de vida en países desarrollados aumentó notablemente. Sin embargo, no todas las enfermedades contaban con un tratamiento eficaz. La diabetes, en particular, continuaba siendo considerada una sentencia de muerte. Durante siglos, su diagnóstico era rudimentario y se basaba en la observación de síntomas como la excesiva producción de orina y la sed incontrolable.
El término "diabetes" fue acuñado por el médico griego Areteo de Capadocia en el siglo II d.C., describiendo el fenómeno de la orina que permitía el paso de sustancias no deseadas. En la antigua India, el diagnóstico se realizaba de forma curiosa, colocando hormigas cerca de la orina del paciente para comprobar si eran atraídas por su dulzura. A pesar de los esfuerzos de los médicos de la época, la comprensión de esta enfermedad seguía siendo limitada hasta que, en el siglo XX, se descubrió la insulina, el tratamiento que cambiaría para siempre la vida de quienes padecían diabetes.



