En 1986, en la aldea de Novaya Blagoveschenka, Ucrania, una pequeña de tres años llamada Oxana Malaya desapareció de su hogar. Sus padres, ambos con problemas de alcoholismo, no se percataron de su ausencia hasta transcurrida una noche. Mientras ellos ignoraban su falta, Oxana encontró refugio en el patio trasero de su casa, donde se había unido a un grupo de perros callejeros.
Durante seis años, la niña vivió en compañía de estos animales, adaptándose a su entorno y aprendiendo sus comportamientos. Oxana dejó de hablar y comenzó a ladrar, caminando en cuatro patas y respondiendo a los estímulos de la misma manera que lo hacían los perros. Su vida transcurrió en un estado de aislamiento, donde se alimentaba de lo que encontraba en la basura y de las sobras que los perros le ofrecían.
Fue a los nueve años cuando las autoridades se enteraron de su situación tras una denuncia de un vecino que afirmó que la niña le había ladrado. Al llegar los rescatistas, Oxana mostró resistencia, escondiéndose entre los perros y respondiendo con gruñidos. Finalmente, fue llevada a un hospital en Odesa, donde los médicos determinaron que su desarrollo físico y mental se asemejaba al de un animal salvaje. El proceso de rehabilitación fue largo y complicado, pero poco a poco, comenzó a recuperar su humanidad y a aprender a comunicarse nuevamente.



