En Perú, la anemia infantil se ha convertido en un problema alarmante que afecta a un tercio de los niños en su primera infancia. Según los datos más recientes de la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES), el 34,9 % de los menores de entre 6 y 35 meses presenta esta condición, una ligera mejora respecto al 35,3 % del año anterior, pero aún superior al 31,4 % que se registraba antes de la pandemia de COVID-19. Este fenómeno no solo plantea un desafío para la salud pública, sino que también repercute en el desarrollo social y económico del país, generando un círculo vicioso de pobreza y limitaciones en el futuro de los niños afectados.
La situación es particularmente crítica en las zonas rurales, donde la prevalencia de la anemia se eleva al 43,2 %, en contraste con el 31,5 % de las áreas urbanas. Este dato resalta una brecha significativa en el acceso a recursos y servicios de salud, lo que pone en evidencia las desigualdades regionales que persisten en Perú. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido sobre los peligros de la anemia infantil, que es mayormente provocada por la deficiencia de hierro, y sus consecuencias incluyen un desarrollo cognitivo y físico deficiente, así como un sistema inmunológico comprometido.
El economista Giacomo Puccio, de la Red de Estudios para el Desarrollo (REDES), subraya que la anemia no solo afecta el crecimiento y desarrollo inmediato de los niños, sino que también condiciona su capacidad de aprendizaje y, por ende, sus oportunidades futuras. Esta situación tiene implicaciones serias para el país, ya que la falta de un desarrollo adecuado en la infancia puede repercutir en la productividad y en los ingresos de la población a largo plazo, dificultando los esfuerzos por erradicar la pobreza.
Un estudio realizado por el Grupo de Análisis para el Desarrollo (GRADE) estimó que la anemia generó pérdidas económicas cercanas a los 2.777 millones de dólares entre 2009 y 2010, lo que equivale al 0,62 % del Producto Bruto Interno (PBI) del país. Estas pérdidas son atribuibles, en gran medida, a la baja productividad y a los altos costos en atención médica que conlleva la gestión de esta enfermedad. La persistencia de la anemia en la infancia no solo afecta a los niños directamente, sino que tiene un impacto en la economía nacional, debilitando el potencial de desarrollo del país.
Las disparidades en la incidencia de la anemia son notables, ya que los hogares más vulnerables son los más afectados por esta problemática. El acceso a una alimentación adecuada, servicios de salud de calidad y condiciones de saneamiento adecuadas es limitado para estas familias, lo que agrava la situación. Regiones con altos índices de pobreza, como Puno, donde el 37,5 % de la población vive en condiciones económicas precarias, presentan tasas alarmantes de anemia infantil, alcanzando un 56,1 % entre los menores.
Asimismo, en Loreto, que cuenta con un 40,1 % de pobreza, la incidencia de anemia en niños es del 45,6 %, mientras que Cajamarca, con un 41 % de pobreza, reporta un 39,4 % de niños afectados. Estos datos reflejan una realidad preocupante que exige una respuesta inmediata por parte del gobierno y las instituciones de salud pública. Puccio concluye que es fundamental invertir en la lucha contra la anemia, considerándola como una estrategia clave para mejorar el capital humano del país, reducir desigualdades y ampliar las oportunidades para las futuras generaciones. Combatir esta enfermedad no solo es una cuestión de salud, sino una inversión en el futuro del Perú.



