La nutrición durante los primeros años de vida tiene un impacto significativo que va más allá del crecimiento físico. Investigadores de la University College Cork han revelado que una dieta alta en grasas y azúcares en la infancia puede provocar alteraciones duraderas en el cerebro y en los patrones alimentarios, incluso en aquellos que posteriormente adoptan hábitos más saludables.

Los resultados de este estudio, publicados en la revista Nature Communications, indican que la calidad de la alimentación temprana influye en el desarrollo de circuitos neuronales relacionados con el apetito y el autocontrol. Además, se destaca la importancia de la microbiota intestinal como un factor mediador en estos efectos, lo que sugiere que la salud gastrointestinal juega un papel crucial en el comportamiento alimentario.

El equipo de investigación, en colaboración con académicos de la Universidad de Sevilla y la Universidad de Gotemburgo, utilizó modelos animales para examinar las repercusiones de la dieta desde etapas tempranas hasta la adultez. La doctora Cristina Cuesta-Martí, autora principal del estudio, señaló que la exposición a alimentos poco saludables puede generar cambios conductuales que persisten más allá del control del peso corporal, afectando así la relación con la comida en la vida adulta.