La situación en el sur del Líbano se torna cada vez más crítica, especialmente en el ámbito sanitario, a medida que los ataques israelíes se intensifican. Un reciente episodio en un hospital de Nabatieh reveló la angustia de los profesionales de salud, quienes se enfrentan a la pérdida de colegas y a un flujo constante de heridos. La noticia del fallecimiento de un joven paramédico, hijo de un compañero, ha causado conmoción entre los trabajadores de la salud, quienes se encuentran en un entorno de trabajo que se ha vuelto cada vez más peligroso y desolador.
En el Hospital Gubernamental Universitario Nabih Berri, los ecos de la tragedia resuenan con fuerza. La enfermera que gritaba en la sala de Urgencias refleja la desesperación de un colectivo que, a pesar de las adversidades, se esfuerza por brindar atención a quienes más lo necesitan. En este contexto, se han reportado al menos 42 muertes y 119 heridos en las últimas tres semanas debido a una serie de bombardeos que han afectado a diversas instalaciones, incluyendo hospitales. Esta situación no solo representa un desafío inmediato para el sistema de salud, sino que también plantea interrogantes sobre la capacidad de recuperación del mismo en un entorno marcado por la guerra y la inestabilidad.
El Dr. Zoher Shaaben, un cardiólogo del hospital, destaca que el número de heridos varía drásticamente día a día. Esta fluctuación se debe a la naturaleza caótica del conflicto, donde a veces llegan cinco personas heridas y en otras ocasiones son diez, con un estado de gravedad que puede cambiar en cuestión de horas. Además de los heridos en los ataques, el hospital también recibe pacientes que requieren atención médica no relacionada con el conflicto, lo que complica aún más la labor de los médicos en un ambiente ya sobrecargado. Ante esta situación, se han visto obligados a trasladar a algunos pacientes a otras instituciones en áreas menos afectadas, como Beirut o Sidón, para liberar espacio y poder atender a los heridos de guerra.
La presión sobre el personal médico es inmensa. Debido a la inseguridad en la zona, muchos de ellos optan por permanecer en el hospital, donde se encuentran más seguros que en sus hogares. El Dr. Shaaben enfatiza que su compromiso con la comunidad es inquebrantable, afirmando que abandonar el hospital significaría dejar a la población desprotegida en un momento de crisis. Este sentido de responsabilidad se refleja en la decisión de muchos médicos y enfermeras de instalarse en el hospital, como una medida para garantizar que siempre haya suficiente personal disponible para atender a los heridos.
El director del hospital, Hasán Wazni, ha indicado que en la actualidad, entre 250 y 300 personas, incluyendo familiares del personal médico, se encuentran alojadas en las instalaciones. Esta situación es un eco del conflicto anterior de 2024, donde se presentó un escenario similar. La falta de seguridad impide que muchos empleados regresen a sus hogares, por lo que prefieren quedarse en el hospital, aunque esto signifique vivir en condiciones precarias. Wazni reconoce que necesita que su personal permanezca allí para poder seguir funcionando, ya que el número de empleados ha disminuido drásticamente de 380 a tan solo 120, lo que plantea serias dificultades para mantener la atención médica adecuada.
La comunidad médica del sur del Líbano se enfrenta a un desafío monumental en medio de la adversidad. Con un sistema de salud ya debilitado por años de conflicto y crisis, los recientes ataques han llevado a la situación a un punto crítico. A medida que la guerra se intensifica, el futuro del sector salud en la región se torna incierto, y los profesionales continúan luchando no solo por la vida de sus pacientes, sino también por la supervivencia de la propia estructura sanitaria. La resiliencia de estos trabajadores es admirable, pero es fundamental que la comunidad internacional preste atención a sus necesidades y las condiciones en las que operan, para evitar un colapso total en un sistema que ya se encuentra al borde del abismo.



