Recientemente, se registró la aparición del pichiciego menor (Chlamyphorus truncatus) en la Reserva de Biósfera Ñacuñán, un hallazgo que ha generado gran interés entre científicos y ambientalistas. Este mamífero, conocido como “hada rosa”, se ha convertido en un símbolo de la biodiversidad de Mendoza, y su avistamiento es considerado un indicador crucial de la salud ambiental de la región.

El descubrimiento fue corroborado por guardaparques y residentes de la zona, quienes resaltaron la relevancia de este pequeño armadillo como un reflejo del equilibrio ecológico presente en el área. Ignacio Haudet, director de Biodiversidad y Ecoparque, subrayó que cada vez que se documenta un pichiciego, se confirma la adecuada funcionalidad del ecosistema local. Por su parte, Iván Funes Pinter, director de Áreas Protegidas, destacó que la reserva no solo preserva paisajes, sino que también mantiene dinámicas ecológicas esenciales para la supervivencia de especies únicas.

El pichiciego menor, que mide entre 7 y 11 centímetros de largo y tiene un distintivo caparazón rosado, lleva una vida mayormente subterránea y es nocturno, lo que dificulta su observación en libertad. Su hábitat preferido son los suelos arenosos y compactos de la reserva, donde excava túneles y encuentra refugio. Este pequeño mamífero juega un papel vital en el ecosistema árido mendocino, alimentándose de hormigas y larvas, lo que ayuda a controlar la población de insectos. Además, al excavar, contribuye a la aireación del suelo y a la infiltración de agua, funciones que le valen el reconocimiento como un “ingeniero silencioso del desierto”. La legislación provincial, a través de la Ley 6.599, protege al pichiciego menor, considerándolo un Monumento Natural Provincial, resaltando su vulnerabilidad y la necesidad de conservarlo en su hábitat natural.