Al analizar las vivencias de quienes han sobrevivido a la violencia sexual en la infancia, surge una escena recurrente que no se refiere a los momentos de agresión, sino a años después, cuando el pasado irrumpe nuevamente en la vida cotidiana. Esta situación ocurre en entornos familiares, donde se espera que reine la confianza, como en reuniones o celebraciones. En esos momentos, el sobreviviente se enfrenta a su agresor, quien parece haber olvidado su pasado, como si lo que ocurrió no hubiera tenido relevancia.
La experiencia emocional de la persona afectada es devastadora. Aquellos que conocen la historia suelen evitar el tema, permitiendo que el agresor ocupe un espacio que debería ser seguro. Este encuentro puede reactivar viejas heridas, haciendo que el sobreviviente vuelva a experimentar el trauma, incluso en un cuerpo adulto. Las descripciones de estos momentos son similares entre quienes asisten a grupos de apoyo, donde se sienten atrapados en una especie de parálisis, como si la niñez perdida regresara con toda su carga de dolor.
Judith Herman, psiquiatra especializada en trauma, ha documentado cómo las experiencias traumáticas con personas cercanas se reactivan al encontrarse nuevamente con el agresor o al revivir situaciones que evocan ese vínculo de abuso. En estos casos, los mecanismos de defensa que se activan son los mismos que se utilizaron durante las agresiones, como la disociación. Esta compleja reacción emocional pone de manifiesto que, aunque el tiempo haya pasado, las secuelas de la violencia sexual en la infancia permanecen presentes, afectando profundamente la vida de quienes las padecen.



