El pasado 17 de febrero se conmemoró el Día Internacional del Juego Responsable, una ocasión propicia para reflexionar sobre los peligros que enfrenta una persona cuando el juego se transforma en una adicción. Para muchos, lo que inicia como una simple actividad recreativa puede degenerar en un verdadero naufragio en un océano de algoritmos diseñados para generar pérdidas.

La incertidumbre se cierne sobre aquellos que se preguntan en qué momento el juego deja de ser un pasatiempo y se convierte en una compulsión destructiva. La ludopatía digital es particularmente insidiosa, ya que su evolución puede ser notablemente rápida; mientras que en el juego tradicional la adicción puede tardar entre cinco y siete años en desarrollarse, en plataformas digitales este proceso puede acelerarse a solo un año, afectando gravemente la vida de jóvenes y adultos.

En este contexto, el ciclo de la adicción comienza con una fase inicial, donde la emoción de ganar genera un estado de euforia. Sin embargo, esta ilusión pronto se desvanece y da paso a una fase de frustración, donde el jugador siente la necesidad de seguir apostando, lo que conlleva inevitablemente a una fase de desesperación. En este último estadio, la persona ya no juega para ganar, sino para intentar recuperar lo perdido, lo que provoca un distanciamiento de sus relaciones más cercanas. La adicción al juego se convierte así en una enfermedad silenciosa, que requiere atención y comprensión para poder ser tratada adecuadamente.