Cada año, la comunidad médica celebra el Día Mundial del Sueño, coincidiendo con el equinoccio de marzo, como una oportunidad para concienciar sobre la importancia del descanso. A pesar de que se han identificado diversas patologías relacionadas con el sueño, como la apnea del sueño y el insomnio, la mala calidad del descanso se ha normalizado en la vida cotidiana de muchas personas. Frases como "duermo poco" o "me despierto cansado" se han vuelto comunes, reflejando una situación que afecta a millones en todo el mundo.

El insomnio, que se refiere a la dificultad para conciliar el sueño o mantenerlo, se ha convertido en un problema global relevante. Según un estudio que analizó datos de más de 262.000 participantes, se estima que el 16.2% de los adultos en el mundo sufre de insomnio, lo que equivale a aproximadamente 852 millones de personas. En Argentina, una reciente encuesta de la Facultad de Psicología de la UBA reveló que el 45% de los encuestados experimenta algún tipo de trastorno del sueño, lo que pone de relieve la magnitud de esta problemática.

Los efectos negativos del insomnio no se limitan a la fatiga. Una mala calidad de sueño puede influir en la concentración, el estado de ánimo, la capacidad para manejar el estrés y, con el tiempo, incrementar el riesgo de problemas de salud física. Dormir bien se ha transformado en un factor crucial para el bienestar general. Durante el sueño, el cuerpo lleva a cabo procesos esenciales como la regulación de la memoria, la atención y la respuesta inmunológica. Por ello, es fundamental no solo considerar cuántas horas se duerme, sino también la calidad de ese sueño. La salud del sueño abarca tanto su duración como su continuidad, siendo clave para el funcionamiento óptimo del organismo.