La dieta contemporánea incluye un número creciente de productos alimenticios que han sufrido varias transformaciones antes de llegar al consumidor. Los alimentos procesados abarcan desde verduras troceadas y frutas enlatadas hasta productos como salsas, panes, quesos y embutidos, elaborados mediante técnicas como el enlatado, la fermentación o la incorporación de ingredientes que mejoran su sabor, textura y conservación.

Por otro lado, los ultraprocesados son productos industriales que se componen en gran medida de ingredientes que no se utilizan comúnmente en la cocina casera, tales como emulsionantes, colorantes, potenciadores del sabor y aislados de proteínas, entre otros aditivos. La principal diferencia entre ambos radica en el grado de intervención industrial y la naturaleza de los ingredientes utilizados. Mientras que los alimentos procesados pueden mantener un perfil nutricional más cercano al original, los ultraprocesados a menudo son complejas mezclas diseñadas para maximizar su atractivo y durabilidad, sacrificando su composición original.

El consumo excesivo de estos productos ha suscitado alertas sobre sus efectos en la salud. Investigaciones han revelado que las dietas altas en ultraprocesados tienden a ser más calóricas y ricas en sal, azúcares añadidos y grasas saturadas, pero deficientes en fibra, vitaminas y minerales. Además, ciertos aditivos presentes en estos productos pueden alterar la microbiota intestinal y provocar inflamaciones crónicas, las cuales están asociadas con un incremento en el riesgo de enfermedades como el cáncer de colon y trastornos cardiovasculares. Asimismo, la combinación de múltiples aditivos en un solo producto podría estar vinculada al desarrollo de diabetes tipo 2 y problemas mentales, lo que refuerza la necesidad de entender y diferenciar estos tipos de alimentos para cuidar nuestra salud.