Durante los últimos meses, decenas de aviones y buques chinos intensificaron sus operaciones militares en el estrecho de Taiwán, en una nueva muestra de la tensión que atraviesa la región. Beijing reivindica la soberanía sobre la isla, autogobernada democráticamente desde 1949, y mantiene abierta la posibilidad de recurrir a la fuerza para avanzar con una eventual reunificación.

El gobierno de Taiwán, encabezado por el presidente Lai Ching-te, rechaza las pretensiones de China y sostiene que el futuro político de la isla debe ser decidido exclusivamente por sus 23 millones de habitantes. Taiwán cuenta con instituciones propias, elecciones libres y un Estado de derecho consolidado, aunque Beijing continúa describiéndolo como una provincia rebelde.

La presión también se extiende al plano diplomático y comercial. China utiliza su peso económico para impulsar que distintos países interrumpan sus relaciones oficiales con Taipéi, bajo la amenaza de perder acceso a su mercado, inversiones o créditos. En las últimas dos décadas, decenas de gobiernos retiraron el reconocimiento diplomático a Taiwán. Actualmente, solo una docena de países mantiene vínculos formales con la isla, mientras la mayoría de las naciones continúa comerciando con ella por su capacidad y relevancia estratégica.

En ese marco, China elevó recientemente la presión sobre Panamá luego de la creación de un grupo de diputados que busca estrechar los contactos con el Poder Legislativo taiwanés. Beijing sostuvo que esa iniciativa vulnera el principio de una sola China, una posición que utiliza para cuestionar los vínculos oficiales y parlamentarios de Taiwán con otros países.