La desconfianza aparece cuando una mentira no solo decepciona, sino que también vuelve difícil creer en lo que vendrá. El filósofo estadounidense Eric Hoffer, estudioso de los movimientos de masas, definió la desilusión como una forma de quiebra: la de un alma que gastó demasiado en esperanza y expectativas. Esa idea puede trasladarse tanto a la literatura como a la política. Cuando un relato pierde verosimilitud, el lector abandona la historia; cuando ocurre lo mismo con un gobierno, las promesas dejan de funcionar como horizonte de expectativa.

La administración libertaria se acerca a ese límite luego de dos años y medio marcados por una apuesta central: convencer a la sociedad de que el dolor y el esfuerzo del ajuste tendrían una recompensa posterior. En campaña, el oficialismo había asegurado que los ciudadanos de a pie no pagarían el costo del ajuste. Aun así, una mayoría considerable toleró esa contradicción y aceptó el sacrificio con la expectativa de que, una vez atravesada la etapa más dura, llegarían la recuperación y la prosperidad.

Esa promesa fue acompañada por pronósticos y expresiones que anticipaban una mejora inminente: dólares, brotes verdes, un repunte del consumo y una vida cotidiana más holgada. Pero el paraíso anunciado se demoró. Frente a esa espera, muchas personas se metieron en deudas, mientras el relato oficial quedaba cada vez más expuesto a los resultados decepcionantes, los pronósticos errados y las promesas que todavía no se concretaron. La credibilidad, como la confianza, no se recupera con nuevas palabras: solo los hechos pueden evitar que la desilusión se convierta en una quiebra política.