El 16 de marzo de 1976, la atmósfera en Argentina estaba marcada por la inminencia de un golpe de Estado. La mayoría de la población creía que el gobierno de María Estela Martínez de Perón no sobreviviría al mes. En el ámbito internacional, la renuncia del primer ministro británico, Harold Wilson, acaparó titulares, aunque rumores indicaban que sufría de problemas de salud, posiblemente Alzheimer, y su sucesor podría ser James Callaghan.

En el contexto local, se especulaba con la posibilidad de que el gobierno interviniera en la provincia de Buenos Aires para desbancar al sindicalista ultraderechista Victorio Calabró, quien había mostrado su afinidad con los golpistas. Por su parte, el gobernador provincial afirmaba que resistiría cualquier intento de desplazamiento, aunque sus métodos no quedaron claros.

La atención de la jornada se centró en el discurso que ofrecería Ricardo Balbín, el líder de la Unión Cívica Radical, por cadena nacional. Con 72 años y una sólida trayectoria política, Balbín se presentó ante los ciudadanos en un tono serio, consciente de la expectativa que generaba. En un discurso de aproximadamente veinte minutos, abordó la situación del país, apelando a la necesidad de unidad y superación de los conflictos del pasado, en lugar de contribuir a la polarización. Su mensaje, dirigido a la juventud y a la ciudadanía en general, buscaba transmitir esperanza en un momento crítico para la nación.