El discurso de Javier Milei sobre Malvinas llamó la atención por una característica poco habitual en el Presidente: la estructura, la precisión y el tono medido. La escena, según la mirada irónica de esta columna, resultó tan prolija que parecía ajena a su estilo más reconocible. La pregunta, entonces, apareció casi como un juego: ¿era Milei? El Colo Santilli y AFA Mahiques, presentados como dos de las fuentes más confiables del Gobierno, sostienen que sí, aunque después de un brusco reseteo.

La operación, en este relato, habría estado a cargo de Santiago Caputo, rebautizado como “Caputín” por sus rivales del barrio, Kari y los Menem, en un chat en el que también lo llaman “Kaputo”. La referencia apunta a su supuesto aprendizaje de las herramientas del marketing político a partir de la observación de Cristina. Pero antes de intervenir sobre el Presidente, Caputo también habría debido modificar su propio registro: dejar de pedirle que agrediera, insultara o se mostrara desbordado, y prepararlo para un mensaje solemne, controlado y sin improvisaciones.

Milei habría recibido instrucciones precisas: mostrarse circunspecto, evitar las muecas, la voz aflautada y cualquier gesto que desviara la atención del texto. En una libreta, habría anotado una lista de expresiones y recursos prohibidos: desde el “mameluco de YPF” hasta el “a ver, o sea, digamos”; también quedaron afuera las referencias a Donald Trump, los ataques a la oposición, el “Viva la libertad, carajo” y la consigna “¡Piratas, 2 a 1!”. Minutos antes de la cadena, pidió repasar el mensaje a partir de sus apuntes. El desafío, plantea la columna, era que todo lo escrito se luciera y que el orador pasara desapercibido. Una exigencia que, con humor, compara con aquella exposición del Día de la Bandera que Milei debió dar cuando cursaba séptimo grado.