El 13 de abril de 1966, la Confitería La Real, ubicada en el corazón de Avellaneda, se convirtió en el escenario de un violento enfrentamiento entre facciones sindicales. Aquella noche, dos grupos rivales de sindicalistas se encontraron tras asistir a un evento en el cercano Teatro Roma. En una mesa se hallaban figuras prominentes como Augusto Timoteo Vandor, Rosendo García y Norberto "Beto" Imbelloni, mientras que en otra parte del salón se encontraban militantes de base como Francisco Granato y Domingo Blajaquis, quienes se oponían a la burocracia de la CGT. Lo que comenzó como un intercambio de palabras hostiles rápidamente escaló en un violento altercado.
La tensión que se acumulaba entre estos grupos no era nueva; venía de un contexto de luchas internas dentro del movimiento obrero argentino. Vandor, líder de la Unión Obrera Metalúrgica, había sido un promotor de un nuevo enfoque dentro del peronismo, conocido como "neoperonismo", y esto había generado descontento entre quienes se sentían marginados por la burocracia sindical. La pelea se intensificó hasta convertirse en una reyerta a puñetazos entre Imbelloni y Rolando Villaflor, y en medio del caos, los disparos resonaron en la confitería, dejando un saldo trágico: Rosendo García perdió la vida, mientras que por el otro bando también se contabilizaban dos muertos, Juan Zalazar y Domingo Blajaquis.
A pesar de la gravedad de los hechos, la investigación judicial no avanzó en los dos años siguientes, lo que llevó a Rodolfo Walsh, periodista del diario de la nueva CGT de los Argentinos, a tomar la iniciativa. Walsh, conocido por su rigurosidad y su compromiso con la verdad, comenzó a desarrollar una hipótesis que desafiaba la versión oficial: creía que, a pesar de las muertes en ambos bandos, los disparos habían sido efectuados únicamente por los hombres de Vandor. Para Walsh, lo que había ocurrido en La Real no había sido un simple enfrentamiento, sino más bien un acto de traición dentro de las propias filas sindicales.
El periodista se embarcó en una investigación exhaustiva, entrevistando a testigos y analizando los rastros de balas que habían quedado en el lugar. Cada testimonio y cada pista lo llevaron a reforzar su teoría, pero aún le faltaba una pieza clave: una confirmación del lado opuesto que pudiera validar sus sospechas. Sin embargo, los miembros del grupo de Vandor eran reacios a hablar, lo que complicaba aún más el panorama.
El punto de inflexión llegó el 25 de mayo de 1968, cuando Walsh se encontró cara a cara con Norberto Imbelloni. La conversación que siguió fue crucial; Imbelloni, quien había estado alineado con Vandor, decidió romper su silencio y contar su versión de los hechos. Este diálogo no solo arrojó luz sobre la noche fatídica, sino que también evidenció las divisiones internas y la desconfianza que permeaban al movimiento sindical en aquellos años.
La revelación de Imbelloni confirmó muchas de las teorías de Walsh, quien había estado convencido de que la verdad detrás del asesinato de Rosendo García era mucho más compleja que la simplemente presentada como un enfrentamiento entre facciones. Esta investigación no solo se convirtió en un hito para el periodismo argentino, sino que también destapó las tensiones y luchas internas que definieron una época convulsa en la historia del movimiento obrero. La inquietud que generó la muerte de García y el tiroteo en La Real continúa resonando en la memoria colectiva del país, recordándonos la fragilidad de la unidad y el costo de las divisiones internas en la búsqueda de la justicia social.
Hoy, al conmemorar seis décadas de esos trágicos eventos, es fundamental reflexionar sobre el legado de Walsh y la importancia de su labor en la búsqueda de la verdad. Su trabajo no solo fue un ejercicio de periodismo investigativo, sino también una contribución al entendimiento de las dinámicas de poder y la lucha por los derechos de los trabajadores en Argentina. La historia del tiroteo en La Real es, en última instancia, una lección sobre la necesidad de mantener la memoria viva y de seguir cuestionando las versiones oficiales, por más incómodas que puedan ser.



