Al cumplirse 250 años de la Independencia, la democracia de Estados Unidos enfrenta preguntas que interpelan los principios defendidos por sus Padres Fundadores. ¿Cómo pudo llegar al poder un presidente que se percibe como un rey? ¿De qué manera se debilitó la división de poderes y se toleró el sesgo partidario del Poder Judicial? También preocupa el acoso a la libertad de expresión y la posibilidad de que el país deje de ser identificado como una tierra prometida de la libertad.
La transformación señalada no se limita a una fuerza política. Aunque el Partido Republicano aparece asociado con el racismo, el nativismo persecutorio, los pactos con enemigos y la ruptura de compromisos con aliados, la responsabilidad por el deterioro institucional también alcanza a los demócratas. La crítica sostiene que ambos partidos contribuyeron, de distintas maneras, a alejar a Estados Unidos de los valores que históricamente afirmó representar.
En el caso demócrata, el cuestionamiento se concentra en lo que se presenta como un “infantilismo político” ligado a la cultura woke. Según esta mirada, una parte de sus votantes habría relegado las causas sociales y económicas tradicionales del partido para priorizar una exaltación militante de identidades sexuales, raciales, lingüísticas, tribales, nacionales y religiosas. Esa deriva, plantea el texto, no expresa una ampliación de la justicia social, sino una política atravesada por el resentimiento, la venganza y el odio.



