El Mundial de Fútbol 2026 se perfila como un evento monumental que se llevará a cabo en tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Esta convivencia de sedes no solo resalta la naturaleza global del torneo, sino que también refleja una relación política compleja entre estas naciones. Estados Unidos, que acogerá la gran mayoría de los encuentros, parece disfrutar de una posición privilegiada, mientras que México, con una rica historia en la organización de mundiales, clama por un trato más justo y equitativo por parte de la FIFA.

Históricamente, México ha sido un jugador crucial en el panorama futbolístico mundial, al haber sido sede de dos Copas del Mundo: en 1970, donde Pelé brilló, y en 1986, con la estelar presencia de Diego Maradona. Estos torneos han dejado una huella indeleble en la identidad futbolística del país, lo que genera un fuerte reclamo por parte de sus autoridades para que se reconozca su legado y su papel en la organización del evento. Sin embargo, en la práctica, la distribución de los partidos ha sido desigual. De los 104 partidos programados, se espera que Estados Unidos albergue 78, mientras que México y Canadá solo recibirán 26, lo que plantea interrogantes sobre la equidad en la gestión del evento.

La discusión sobre la sede del Mundial no se limita a cuestiones de infraestructura o capacidad económica, áreas donde Estados Unidos sin duda supera a sus vecinos. Es un tema que involucra relaciones diplomáticas, intereses económicos y, por supuesto, una carga cultural que no puede ser ignorada. La designación de Rusia y Qatar como sedes de los Mundiales de 2018 y 2022, respectivamente, dejó un trasfondo de polémica y desconfianza, dado que las expectativas apuntaban a que Estados Unidos e Inglaterra serían los elegidos. Las decisiones que llevaron a estos cambios no fueron transparentes, culminando en escándalos notables como el FIFA Gate, que arrastró a altos funcionarios del fútbol a la justicia.

A raíz de estas decisiones controvertidas, la tendencia ha sido que eventos futbolísticos de gran envergadura se concentren en Estados Unidos. Esto incluye la próxima Copa América 2024 y el Mundial de Clubes 2025, que también se llevarán a cabo en suelo estadounidense. La proyección económica del Mundial de 2026 es asombrosa, con estimaciones que superan los 12 mil millones de dólares en ganancias para la FIFA y sus socios. Esta realidad, unida a la relación cordial entre la FIFA y el expresidente Donald Trump, quien recibió un reconocimiento por su labor en pro de la paz, plantea interrogantes sobre la influencia política en el deporte.

En el contexto mexicano, Claudia Sheinbaum, la primera mujer en asumir la presidencia del país, se enfrenta a una serie de desafíos. Asumió el cargo en 2024, y aunque proviene del partido MORENA, su postura sobre la relación entre la FIFA y Estados Unidos es crítica. En su mandato, Sheinbaum ha tenido que lidiar con diversas tensiones internas, que podrían manifestarse en protestas durante la celebración del Mundial. Los conflictos sociales en México, que abarcan desde demandas de los educadores hasta manifestaciones por la desaparición de personas, añaden un nivel de complejidad a la situación.

El Mundial de 2026 no será solo un evento deportivo, sino un escenario donde se entrelazan cuestiones de identidad nacional, relaciones internacionales y tensiones sociales. La expectativa es alta, y el mundo estará observando no solo el espectáculo futbolístico, sino también cómo las dinámicas políticas y sociales de estos países influyen en la celebración de uno de los eventos más esperados a nivel global. La historia del fútbol está a punto de escribir un nuevo capítulo, y los protagonistas no serán solo los jugadores en la cancha, sino también las comunidades que rodean a este gran evento.