El discurso de Javier Milei ante la Asamblea General de las Naciones Unidas combinó una reivindicación válida de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas con una estrategia política difícil de sostener. Presentar al archipiélago como una causa nacional fue acertado, aunque esa definición habría sido más completa si también hubiera destacado que se trata de un sentimiento profundamente arraigado en la sociedad argentina.
En cambio, el ataque contra las Naciones Unidas resultó un error político. Calificar a ese organismo de inútil puede expresar una crítica atendible sobre su funcionamiento, pero no contempla su importancia como ámbito indispensable para que los países negocien los grandes conflictos internacionales. En ese marco también se discuten desafíos globales como los riesgos de la inteligencia artificial y el cambio climático, asuntos que ningún Estado puede resolver por sí solo.
El planteo de Milei quedó así atrapado entre una descripción de la realidad y una expectativa difícil de compatibilizar con ella. Pretender que el Reino Unido acepte negociar bajo presión o que se disponga a entregar las islas a la Argentina sin una discusión compleja responde más a una ilusión que al realismo diplomático. La cuestión Malvinas requiere firmeza, pero también un diálogo civilizado entre las naciones y el uso de los espacios multilaterales disponibles.
La justificación de que el Presidente se expresa de ese modo porque “es así” ya no alcanza cuando sus palabras comprometen nuevamente el prestigio del país. La crítica a la ONU podría haber sido reemplazada por un reclamo para fortalecerla y darle un nuevo impulso como escenario de negociación. El desafío consistía en defender la causa argentina sin descalificar el ámbito internacional en el que, precisamente, debe continuar planteándose.



