El sector agroalimentario mundial enfrenta un dilema estructural que resulta insostenible: a pesar de que las mujeres son fundamentales para el funcionamiento de los sistemas alimentarios, siguen siendo víctimas de desigualdades económicas, falta de acceso a tecnología y condiciones laborales precarias. Esta situación se destaca en el reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), titulado "La situación de las mujeres en los sistemas agroalimentarios", que ofrece un análisis exhaustivo desde la producción primaria hasta el consumo final, poniendo en evidencia las disparidades que persisten en el ámbito agrícola.

El estudio revela un dato alarmante que trasciende la mera discusión ética y se adentra en el ámbito de la economía global: si se eliminaran las diferencias de género en productividad y remuneración en el sector agrícola, se podría incrementar el Producto Interno Bruto (PIB) mundial en un billón de dólares. Esta cifra no solo representa un aumento significativo en la economía global, sino que también podría tener un efecto humanitario sin precedentes, ya que permitiría combatir la inseguridad alimentaria y ayudaría a liberar a 45 millones de personas de la hambruna, lo que equivale a la población de Argentina.

El informe también aborda el fenómeno del "techo de cristal de la tierra", refiriéndose a la escasa participación de mujeres como propietarias de tierras a nivel mundial. En América Latina, las tierras agrícolas gestionadas por mujeres tienden a ser más pequeñas y de menor calidad en comparación con las de sus contrapartes masculinos. Esta situación no solo limita el desarrollo económico de las productoras, sino que también perpetúa ciclos de pobreza y dependencia que son difíciles de romper.

En este contexto, la FAO lanza una advertencia a los gobiernos a nivel mundial: las políticas agrícolas actuales han fracasado al suponer que los productores son un grupo homogéneo. Aunque algunos países han comenzado a reconocer la importancia del rol femenino en sus políticas nacionales, la falta de asignación de recursos y la insuficiencia en inversiones específicas limitan el progreso. La FAO propone un cambio hacia un enfoque de género que transforme las intervenciones en el ámbito agrícola, sugiriendo la implementación de programas que faciliten la titulación de tierras comunitarias para mujeres, así como la digitalización del acceso a créditos rurales, sin la necesidad de avales masculinos.

Además, se hace hincapié en la importancia de fomentar la asociatividad y las acciones colectivas entre las productoras, promoviendo así un entorno más equitativo y colaborativo. Los expertos de la ONU concluyen que mejorar las condiciones en el sector agrícola no solo es una cuestión de equidad social, sino que también representa la estrategia más eficaz y urgente para erradicar el hambre de manera definitiva en el planeta.

Por otro lado, un informe del INDEC, basado en los datos del Censo Nacional Agropecuario 2022, ofrece una visión detallada sobre la situación de las mujeres en el ámbito agrícola argentino. Según este estudio, el 22% de las mujeres se encarga de minifundios de hasta 5 hectáreas, mientras que solo el 4% dispone de formación técnica específica en el sector. Estas cifras ponen de manifiesto la necesidad de políticas que no solo reconozcan la labor de las mujeres, sino que también las capaciten y empoderen para mejorar su productividad y bienestar.

En conclusión, la situación de las mujeres en el sector agroalimentario es un tema que requiere atención urgente. Mientras que su participación es vital para la sostenibilidad y seguridad alimentaria, las barreras que enfrentan son múltiples y complejas. La implementación de políticas efectivas que promuevan la igualdad de género en este sector no solo beneficiaría a las mujeres, sino que tendría un impacto positivo en la economía global y en la lucha contra el hambre.