Javier Milei llevó a cabo la apertura de sesiones ante la Asamblea Legislativa, presentando un espectáculo personal que incluyó constantes enfrentamientos con la oposición. En lugar de un ambiente institucional, el Congreso se transformó en un escenario similar al de un partido de fútbol, repleto de gritos e intercambios agraviantes. El estilo provocador del mandatario, que adoptó un rol casi de panelista, obligó a distinguir entre lo esencial y lo accesorio, ya que lo último opacó en gran medida los temas centrales abordados durante la sesión.

Entre los puntos destacados de su discurso se encontraron las reformas que se encuentran en agenda y la ratificación de una alianza estratégica con Estados Unidos, que va más allá del apoyo financiero recibido en octubre. Sin embargo, la llegada del Presidente al recinto estuvo marcada por la liberación de Nahuel Gallo, un hecho que el Gobierno no supo aprovechar. La Asociación del Fútbol Argentino, liderada por Claudio Tapia, se adelantó al anunciar la excarcelación y se adjudicó las gestiones, enviando una comitiva para trasladar al gendarme, un episodio que, en su inesperado desarrollo, eclipsó la presencia de Milei.

Durante su intervención, Milei prefirió enfocarse en una puesta en escena que resaltó su estilo histriónico, dedicando gran parte del tiempo a mezclar datos de gestión con réplicas a sus opositores. La atmósfera de confrontación, que a momentos rayó en lo absurdo, estuvo marcada por gritos y risas burlonas. A pesar de haberse comprometido a evitar insultos tras su derrota en las elecciones bonaerenses, el Presidente no dudó en calificar a sus adversarios con términos despectivos. Su discurso, que debería haber durado una hora, se extendió media hora más, dejando en claro que la política ha entrado en modo campaña, con el kirchnerismo nuevamente elegido como su principal enemigo.