A fines del siglo XIX, Buenos Aires enfrentaba un desafío monumental: la ciudad, colmada por la llegada masiva de inmigrantes, se encontraba al borde del colapso. Las calles de su antiguo trazado colonial eran incapaces de satisfacer las necesidades de una metrópoli en pleno crecimiento. Ante esta situación, las autoridades de la época no optaron por buscar soluciones para gestionar el desorden; más bien, se plantearon la tarea de transformar la ciudad en un espacio moderno y atrayente. La mirada del intendente Carlos Torcuato de Alvear se dirigió hacia Europa, y en particular hacia París, donde el Barón Haussmann había llevado a cabo una monumental reestructuración urbana.
El modelo parisino era evidente: grandes bulevares, diagonales bien definidas y una planificación que parecía diseñada para impactar. En 1907, Alvear convocó al arquitecto Joseph Bouvard, quien había estado a cargo de las obras de París, para que implementara un plan similar en Buenos Aires. La idea era romper con la rígida cuadrícula colonial y diseñar una ciudad que reflejara las ambiciones de su tiempo. Bouvard, al examinar el mapa de la ciudad, propuso una red de diagonales que atravesara el damero urbano, otorgándole un carácter dinámico y moderno.
La Avenida de Mayo, inaugurada en 1894, ya había marcado un primer paso hacia este cambio, conectando la Casa Rosada con el Congreso y simbolizando la unión entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo. Esta arteria representaba una ruptura significativa con el antiguo orden, ofreciendo una nueva perspectiva al centro de la ciudad. Sin embargo, Bouvard fue más allá al incorporar dos nuevas diagonales que partían desde la emblemática Plaza de Mayo, generando una geometría urbana que aún hoy sorprende a quienes la recorren por primera vez. La Diagonal Norte, que enlazaba la Casa Rosada con los Tribunales, visibilizaba en su trazado la relación entre el poder político y el judicial, mientras que la Diagonal Sur se extendía hasta donde la infraestructura lo permitía.
Entre todas las propuestas de Bouvard, la más ambiciosa era la construcción de una gran avenida que cruzara Buenos Aires de norte a sur. Esta idea había surgido en 1889, impulsada por el intendente Francisco Seeber, aunque una crisis financiera impidió su realización en ese momento. No fue hasta 1912 que una ley habilitó formalmente el inicio de las obras, que se llevaron a cabo durante la década de 1930. Este proyecto marcó el inicio de una transformación radical en la capital argentina.
La apertura de la Avenida 9 de Julio implicó la demolición de 28 manzanas en el corazón de la ciudad, un proceso que requirió un esfuerzo monumental por parte de unos 200 obreros, quienes dedicaron cerca de tres meses a cada manzana. Este cambio no fue un proceso silencioso; la ciudad se reinventaba ante los ojos de sus habitantes, y las transformaciones urbanísticas generaban tanto entusiasmo como resistencia.
Entre los edificios que fueron destruidos, uno de los más simbólicos fue la iglesia de San Nicolás de Bari, que fue demolida en 1931. Esta iglesia no era un simple edificio; en su torre se había izado por primera vez la bandera argentina en Buenos Aires en 1812, convirtiéndola en un lugar de gran significado histórico. En este punto, se tomó la decisión de construir algo nuevo, que representara el futuro de la ciudad.
En 1936, en la intersección de la nueva Avenida 9 de Julio y una Corrientes recién ampliada, se erigió el Obelisco, diseñado por el arquitecto Alberto Prebisch. Con 67,5 metros de altura, su diseño se alineó con la altura de las cornisas de la Diagonal Norte, buscando mantener la armonía arquitectónica del entorno. Esta emblemática estructura fue concebida como un homenaje a la Revolución de Mayo y, con el paso del tiempo, se convirtió en un símbolo de Buenos Aires, representando no solo su pasado, sino también su constante evolución hacia el futuro.



