Con el paso del tiempo, el mandato de Javier Milei podrá ser considerado histórico, tanto por sus alcances como por sus limitaciones. El Presidente llegó al poder después de que una parte de la sociedad argentina cuestionara un sistema político y económico al que responsabiliza por la decadencia del país. Esa reacción social también será parte de la explicación de su llegada al Gobierno.

En ese marco, Milei logró romper inercias, desafiar consensos agotados, poner en discusión temas que durante años fueron considerados tabú y reinstalar la disciplina fiscal. Ese objetivo se alcanzó principalmente mediante una fuerte licuación del gasto, más que a través de una reducción estructural asociada a la idea de la motosierra. El quiebre de esas dinámicas puede ser considerado un aspecto relevante de su gestión.

Sin embargo, romper no equivale a construir. La construcción, en términos concretos, debería reflejarse en una mejora de las condiciones de vida de la población. Hasta ahora, esa mejora no aparece con claridad y tampoco se observa una hoja de ruta definida para alcanzarla. Esa diferencia entre la ruptura y la construcción marca uno de los principales límites del Gobierno.

También se vuelve cada vez más evidente que la administración está concentrada casi exclusivamente en la economía. Dentro de ese campo, la atención está puesta en tres ejes: el superávit fiscal, obtenido a partir de la licuación masiva del gasto durante 2024 y sin grandes reformas ni del gasto ni de los impuestos; el pago de la deuda en dólares, afrontado con financiamiento obtenido de manera improvisada, y el pago de la deuda en pesos mediante nuevo endeudamiento; y el mercado de cambios, en el que durante 2024 el Gobierno compró dólares y luego vendió, además de intervenir con otras operaciones.