En el corazón de Buenos Aires, un importante sector de la sociedad ha alzado la voz ante la amenaza que pesa sobre un patrimonio cultural y arquitectónico de gran relevancia. Organizaciones civiles, autoridades religiosas y fieles se han unido para advertir sobre los peligros que enfrenta el Monasterio y la Iglesia Santa Catalina de Siena, situados en el microcentro capitalino, específicamente en la manzana delimitada por San Martín, Viamonte, Reconquista y la Avenida Córdoba.
Recientemente, el Monasterio ha sufrido daños estructurales significativos debido a los trabajos de peatonalización en la calle Viamonte, lo que llevó a las autoridades a cerrar preventivamente el edificio. Este hecho ha generado una creciente preocupación, no solo por la integridad de la construcción, sino también por los planes de edificación de un templo mormón de gran envergadura en la misma área, lo que ha reavivado el debate sobre la preservación de este sitio histórico.
El Monasterio Santa Catalina de Siena, fundado en 1745, es uno de los edificios coloniales más antiguos de la ciudad y está catalogado como Monumento Histórico Nacional. Sin embargo, esta distinción parece no haber sido suficiente para protegerlo de las decisiones urbanísticas que se toman en la actualidad. Las obras de infraestructura realizadas por el gobierno de la ciudad han generado grietas y desprendimientos en sus muros de adobe, que carecen de cimientos de cemento, lo que ha despertado la alarma entre especialistas en patrimonio y líderes comunitarios.
La importancia del monasterio va más allá de su valor religioso; representa un testimonio vital de la historia de Buenos Aires. Su arquitectura y los elementos originales que alberga, como el jardín central y sus muros centenarios, son parte de la herencia cultural de la ciudad. Este lugar, que alguna vez fue pionero en el alojamiento de monjas de clausura y un hospital de campaña durante las Invasiones Inglesas, se erige como un símbolo del pasado porteño que merece ser resguardado.
En una misa reciente llevada a cabo en el atrio del monasterio, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, enfatizó la necesidad de valorar la historia: “La vida tiene historia y raíces... no todo pasado es viejo ni hay que destruirlo, sino que sobre ese pasado construimos nuestro presente”. Esta reflexión resuena en el contexto actual, donde el desarrollo urbano a menudo parece ignorar el valor de la herencia cultural.
El cierre del templo, dictado por el párroco Gustavo Antico, se debió a un “riesgo estructural” que hizo necesario trasladar las misas diarias y la atención a los fieles a espacios al aire libre. Este monasterio, que ha resistido el paso del tiempo durante casi tres siglos, se encuentra en una situación de vulnerabilidad exacerbada por la falta de refuerzos modernos que lo protejan de las vibraciones y excavaciones cercanas.
Según fuentes conectadas con la Iglesia, aunque ya existían grietas antes de comenzar las obras, la situación se ha deteriorado notablemente desde entonces. La comunidad y los expertos en patrimonio ahora enfrentan el desafío de salvaguardar este emblemático lugar ante la inminente amenaza de nuevas construcciones en su entorno. La defensa del Monasterio Santa Catalina de Siena no solo es una cuestión de preservación arquitectónica; es un llamado a la reflexión sobre cómo las decisiones urbanísticas pueden afectar el legado cultural de una ciudad.



