Los habitantes de Matanzas, a unos 100 kilómetros de La Habana, experimentaron la frustración de un día sin electricidad, que culminó con la reactivación de la gasolinera Los Pinos. A medida que las luces se encendían, un murmullo de alivio y cansancio se escuchó entre las personas que aguardaban en el parque cercano. La escena se repitió con el arribo de numerosos vehículos, donde los conductores se adaptaron a un peculiar sistema de colas que exige memorizar los rostros y matrículas de quienes están delante y detrás, ya que alejarse del lugar no es una opción viable ante la escasez de combustible.
Los Pinos es solo una de las 30 estaciones de servicio estatales que operan en la isla, y que dependen de la disponibilidad de electricidad para funcionar. Esta situación refleja las crecientes divisiones económicas en Cuba, intensificadas por el embargo petrolero de Estados Unidos y la reducción de servicios estatales. La brecha se manifiesta entre los residentes locales y los turistas, así como entre las áreas rurales y urbanas, y entre quienes reciben remesas del extranjero y aquellos que no.
El acceso a combustible en Cuba se ha vuelto extremadamente complicado y costoso. Los vehículos de alquiler, que pueden cargar un máximo de 20 litros, requieren pagos en dólares, y aunque los cubanos tienen la posibilidad de utilizar una aplicación para reservar, las probabilidades de éxito son escasas. Además, el salario promedio de un trabajador estatal apenas alcanza los 15 dólares al mes, lo que hace que los precios de la gasolina, que en el mercado negro han aumentado de 2.000 a 6.000 pesos por litro, sean inalcanzables para muchos. La escasez de electricidad y el suministro desigual complican aún más la situación, dejando a los cubanos en un estado de incertidumbre constante respecto a su acceso a recursos básicos.



