Este 15 de mayo se conmemoran 78 años de la Nakba, un término árabe que se traduce como 'catástrofe' y que se refiere a la expulsión forzada de más de 750.000 palestinos de sus hogares en el contexto de la creación del Estado de Israel en 1948. Este evento no solo marca una fecha en el calendario, sino que plantea una serie de interrogantes sobre la memoria colectiva y la identidad de un pueblo que ha atravesado múltiples adversidades. La importancia de recordar la Nakba radica en su impacto duradero en la vida de los palestinos actuales, quienes continúan enfrentando desafíos que se originan en aquel momento histórico.
Desde Gaza, Zaher Al Waheidi, un joven activista, subraya que la Nakba no es un hecho del pasado, sino una realidad vigente en la vida diaria de los palestinos. Su abuelo, Diran Al Waheidi, fue uno de los desplazados que huyeron de la aldea de Al Mujaizin hacia Gaza, y Zaher se siente en la responsabilidad de registrar los efectos de la violencia en su comunidad. A través de su trabajo al frente del cuerpo de Sanidad en Gaza, ha documentado más de 72.700 muertes desde octubre de 2023, un recordatorio escalofriante de que la historia de la Nakba sigue escribiéndose en términos de sufrimiento y pérdida.
La Oficina Central de Estadísticas Palestina estima que en el periodo de la Nakba, aproximadamente 15.000 palestinos fueron asesinados, mientras que la diáspora se amplió considerablemente. Antes de la expulsión, cerca de 1,4 millones de palestinos habitaban la Palestina histórica, de los cuales muchos se vieron obligados a buscar refugio en Gaza y Cisjordania, mientras que otros cientos de miles se dispersaron por el mundo. Solo una pequeña fracción, alrededor de 150.000, permaneció en lo que hoy es Israel, lo que plantea preguntas sobre la identidad y la continuidad cultural en medio de la diáspora.
A la vez, la historia de la Nakba no solo se cuenta a través de cifras y nombres, sino también a través de relatos personales. Un residente de Kfar Qara, que prefiere mantener su anonimato, relata cómo su pueblo fue despojado de sus habitantes, quienes lucharon por regresar a sus tierras. Este recuerdo, aunque doloroso, se convierte en un legado que las nuevas generaciones deben preservar. El reconocimiento de la historia palestina es esencial no solo para la identidad de los refugiados y sus descendientes, sino también para una comprensión más amplia de la realidad israelí.
La población árabe en Israel, que supera los dos millones de personas, presenta una compleja relación con su identidad y su pasado. Muchos de estos ciudadanos, conocidos como 'árabes israelíes', son reacios a compartir sus historias debido a las posibles represalias que podrían enfrentar. Sin embargo, la conmemoración de la Nakba no se limita a un ejercicio de memoria; es un llamado a la acción para que las injusticias del pasado sean reconocidas y abordadas en el presente. La lucha por la memoria es también una lucha por la justicia.
Recientemente, una excavación arqueológica cerca de Tel Aviv ha puesto al descubierto los restos de Al Hadiza, uno de los muchos pueblos que fueron destruidos durante la Nakba. Más de 400 aldeas fueron arrasadas o vaciadas, y hoy solo quedan montículos de piedras que atestiguan la existencia de lo que una vez fue. Este proyecto arqueológico, impulsado en colaboración con familias refugiadas, intenta visibilizar esta parte de la historia que ha sido sistemáticamente borrada.
El profesor Yoav Alon, co-director de la excavación y académico de la Universidad de Tel Aviv, resalta la necesidad de que la historia palestina sea reconocida en Israel. A lo largo de los años, el Gobierno israelí ha hecho esfuerzos para eliminar los vestigios de las aldeas despojadas, lo que ha contribuido a una narrativa oficial que ignora la historia de los palestinos. Para Alon, entender y aceptar esta historia es fundamental no solo para sanar las heridas del pasado, sino también para construir un futuro basado en la justicia y el respeto mutuo.
La Nakba, entonces, no es solo una conmemoración de un hecho trágico, sino un recordatorio de la importancia de la memoria, la identidad y la lucha por los derechos de un pueblo que sigue buscando su lugar en la historia. A 78 años de este evento, la pregunta que persiste es cómo se puede avanzar hacia una paz genuina sin reconocer las injusticias del pasado y del presente.



