Yibuti se prepara para llevar a cabo sus elecciones presidenciales el próximo viernes, donde se espera que el actual presidente, Ismail Omar Guelleh, continúe en el poder. Guelleh, quien ha gobernado desde 1999, busca un nuevo mandato en un país que, a pesar de su pequeño tamaño, posee una ubicación geoestratégica crucial en el Cuerno de África. En este contexto, se prevé que cerca de 256.000 ciudadanos, de una población total de alrededor de 1,2 millones, acudan a las urnas para decidir el futuro político del país durante los próximos cinco años.
La situación política en Yibuti es compleja, marcada por la ausencia de un candidato opositor fuerte que pueda desafiar al oficialismo. Desde 2016, los principales partidos de oposición, como el Movimiento para la Renovación Democrática y el Desarrollo (MRD) y la Alianza Republicana para la Democracia (ARD), han decidido boicotear los procesos electorales, argumentando que no son ni libres ni transparentes. Esta dinámica ha llevado a una controversia constante en torno a la legitimidad de las elecciones y el sistema democrático del país.
En esta ocasión, los únicos dos candidatos en la contienda son Guelleh, representando a la coalición Unión para la Mayoría Presidencial (UMP), y Mohamed Farah Samatar, líder del Centro de Demócratas Unificados (CDU). Samatar, que fue miembro del partido gobernante, se presenta como un opositor, aunque su limitada visibilidad política y el hecho de que su partido no cuenta con representación en el Parlamento dificultan sus posibilidades de éxito. La historia reciente sugiere que el actual presidente tiene una ventaja abrumadora, habiendo obtenido un 98,58% de los votos en las elecciones de 2021, mientras que su oponente, un empresario, solo logró un 1,42%.
Guelleh, quien tiene 78 años, busca su sexto mandato después de que el Parlamento aprobara en noviembre de 2022 la eliminación del límite de edad de 75 años para el jefe de Estado. Esta modificación ha sido objeto de críticas, ya que refuerza la percepción de que el sistema político de Yibuti está diseñado para perpetuar el poder de Guelleh y su círculo cercano. La ausencia de una oposición realmente competitiva plantea serias dudas sobre la naturaleza democrática de estas elecciones y sobre la posibilidad de un cambio real en la dirección del país.
La geopolítica juega un papel fundamental en Yibuti, que se encuentra en una ruta comercial estratégica entre el océano Índico y el mar Rojo, y se ha convertido en un punto clave para potencias globales que buscan asegurar sus intereses en la región. Países como Francia, Estados Unidos, China, Japón e Italia han establecido bases militares en Yibuti, lo que no solo refuerza la posición del país en el mapa global, sino que también representa una fuente significativa de ingresos para su economía.
La economía yibutí, que depende en gran medida de su actividad portuaria, representa aproximadamente el 70% de su producto interno bruto. Esto es especialmente relevante dado que los puertos de Yibuti sirven como la única salida marítima para Etiopía, donde transita más del 90% de su comercio. En este contexto, la estabilidad política y social en Yibuti es crucial no solo para su desarrollo interno, sino también para el equilibrio comercial y diplomático de toda la región. La comunidad internacional observa de cerca estos comicios, ya que el resultado podría tener implicaciones significativas para la seguridad y la economía de una de las zonas más estratégicas del mundo.



