La situación de los derechos humanos a nivel global se ha visto gravemente afectada por recientes reformas legislativas en Israel y El Salvador, las cuales han sido objeto de crítica por parte de diversas organizaciones jurídicas. Este miércoles, la Unión Progresista de Fiscales (UPF), junto a Juezas y Jueces para la Democracia (JJpD) y la Asociación Pro Derechos Humanos de España (APDHE), hicieron un llamado de alerta sobre las implicaciones de estas medidas, que consideran un claro retroceso en el ámbito de los derechos fundamentales. En un comunicado conjunto, expresaron su preocupación por el uso del Derecho Penal como una herramienta de control social en lugar de un medio para garantizar justicia.

Las reformas en Israel, que permiten la pena de muerte, han suscitado un intenso debate, especialmente en el contexto del conflicto palestino. Las organizaciones denunciaron que estas nuevas disposiciones están destinadas a aplicarse principalmente contra la población palestina, lo que se traduce en un tipo de "segregacionismo jurídico" que socava las garantías de un debido proceso. A su juicio, la introducción de penas irreversibles, junto con la creación de jurisdicciones especiales que limitan los derechos fundamentales, convierte al sistema penal en un mecanismo de opresión más que en un instrumento de justicia equitativa.

Por otro lado, la situación en El Salvador es igualmente alarmante, ya que la reciente reforma legal que establece la cadena perpetua para los menores de edad contradice principios fundamentales establecidos en la Convención sobre los Derechos del Niño. Estas organizaciones subrayan que la privación de libertad para menores debe ser considerada como un último recurso, y no como una medida estándar. La nueva normativa, según sus afirmaciones, elimina cualquier posibilidad real de reinserción social, convirtiendo el sistema de justicia juvenil en un proceso meramente punitivo que ignora la rehabilitación.

El impacto que tienen estas reformas legales no se limita a las fronteras de estos países, sino que se inscribe dentro de una tendencia más amplia a nivel internacional hacia un endurecimiento del Derecho Penal. Las organizaciones argumentan que estas medidas no deben ser vistas simplemente como decisiones aisladas de política criminal, sino como parte de un patrón global que erosiona el Estado de derecho. La utilización del Derecho Penal para abordar problemas estructurales como la violencia y la pobreza, aunque pueda producir resultados inmediatos en términos de control social, representa un riesgo significativo para la estabilidad y la justicia a largo plazo.

Además, las asociaciones advierten que la imposición de penas desproporcionadas o irreversibles transforma el Derecho Penal, que debería ser un recurso para todos los ciudadanos, en un instrumento de represión. Cuando se utiliza el castigo como una herramienta de propaganda política, se desvirtúa su propósito original y se convierte en un mecanismo de control sin límites. Esta situación plantea serias interrogantes sobre la naturaleza del poder estatal y su responsabilidad en la protección de los derechos humanos.

La postura de estas organizaciones es clara: si la comunidad internacional permite que los derechos humanos se apliquen de forma selectiva, se corre el riesgo de que estos derechos se conviertan en privilegios otorgados por los Estados, en lugar de ser garantizados a todos los individuos. Este escenario podría llevar a un debilitamiento progresivo de las garantías fundamentales que sostienen las democracias contemporáneas. Por lo tanto, es crucial que se preste atención a estas reformas y se abogue por un enfoque que priorice los derechos humanos y la justicia en todos los contextos.