La habilidad de establecer límites parece ser sencilla a simple vista. Decidir decir que no, indicar hasta dónde se está dispuesto a llegar o manifestar incomodidad son acciones que deberían ser fáciles de llevar a cabo. Sin embargo, muchas personas enfrentan dificultades en la práctica, especialmente en ámbitos como el laboral, familiar o entre amigos. Frecuentemente, el silencio o la complacencia se imponen en situaciones cotidianas, lo que complica el proceso de afirmarse.

Aceptar responsabilidades que no corresponden, ceder ante solicitudes incómodas o evitar enfrentamientos por temor a incomodar a otros se ha vuelto habitual. A menudo, estas actitudes se justifican como gestos de cortesía, empatía o una búsqueda de armonía, aunque detrás de esta dificultad para poner límites se esconden procesos psicológicos más complejos.

La psicóloga Ainhoa Vila, a través de sus contenidos en redes sociales, señala varias causas científicas que explican esta problemática, las cuales están relacionadas tanto con la evolución del ser humano como con las experiencias vividas en la infancia. Una de las razones es el miedo al rechazo, que a nivel evolutivo está vinculado a la necesidad de pertenencia y supervivencia. Este temor se manifiesta en el cerebro de manera similar al dolor físico, lo que convierte los conflictos interpersonales en situaciones de amenaza real. Además, las primeras experiencias afectivas influyen en la capacidad de afirmación de los individuos, moldeando su forma de expresar o reprimir necesidades, y generando patrones de comportamiento que priorizan la aprobación emocional por encima de la autoafirmación.