Las aulas universitarias han seguido durante años un modelo tradicional en el que un docente imparte conocimientos a un estudiante pasivo. Sin embargo, la llegada de la Inteligencia Artificial (IA) está revolucionando este enfoque, impulsando una reconsideración de los papeles de docentes, estudiantes y tecnología en el proceso educativo. En este contexto, es fundamental entender que la IA no busca suplantar a los educadores, sino potenciar su labor, especialmente en un continente como Latinoamérica que enfrenta desafíos en la educación personalizada.

Históricamente, muchos estudiantes han enfrentado dificultades para resolver sus dudas, no por falta de interés, sino por la escasez de recursos y la presión del tiempo. La implementación de herramientas como tutores con inteligencia artificial permite un aprendizaje adaptado a las necesidades individuales de cada alumno, favoreciendo un enfoque pedagógico que respeta el ritmo y el estilo de aprendizaje de cada uno. Este cambio no solo es necesario, sino que también abre un abanico de posibilidades para una educación más inclusiva y efectiva.

En este nuevo paradigma, el papel del docente se transforma significativamente. Más allá de ser un mero transmisor de información, se convierte en un mentor y guía del aprendizaje. Su función es crucial para fomentar habilidades como el pensamiento crítico y la perseverancia, que las máquinas no pueden replicar. Por su parte, los estudiantes también deben adaptarse, pasando de ser receptores pasivos a protagonistas activos de su propio aprendizaje, lo que implica desarrollar un juicio crítico y utilizar la IA de manera ética. Sin embargo, este proceso requiere un cambio estructural en las instituciones educativas, que debe basarse en buenas prácticas de gobernanza de la IA para asegurar un uso pedagógico significativo de la tecnología.