La dinámica de la política internacional a menudo es difícil de prever, pero la reciente decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de establecer un plazo de diez días para evaluar la posibilidad de un acuerdo con Irán está generando una nueva lógica de presión en la región. Este ultimátum no es solo una cuestión de palabras, sino que se ve respaldado por un despliegue militar significativo que incluye cazas de última generación, portaaviones y submarinos en el Medio Oriente, con la intención clara de obligar a Teherán a reconsiderar su programa nuclear y de misiles.

La capacidad de Washington para llevar a cabo una acción militar contra Irán no está en duda. Sin embargo, surge la pregunta sobre si dicha acción conseguiría un resultado político viable o si, por el contrario, desencadenaría una escalada de conflictos con consecuencias impredecibles. La estrategia de disuasión y coerción que aplica Estados Unidos busca restaurar su credibilidad, haciendo entender a Irán que continuar por la senda actual podría tener un costo inasumible. La instalación de sistemas antimisiles en bases aliadas indica que el Pentágono anticipa posibles represalias, lo que añade un nivel de riesgo a la situación.

En medio de este contexto, Irán insiste en su derecho a enriquecer uranio, defendiendo su programa nuclear con fines civiles. Sin embargo, desde la perspectiva de Israel y sectores clave en Estados Unidos, un Irán con capacidades nucleares significaría un cambio irreversible en el equilibrio de poder en la región. La postura de Israel es clara: la posibilidad de un Irán nuclear representa una amenaza existencial. En el pasado, Israel ha actuado de forma preventiva ante lo que considera riesgos para su seguridad. Si Washington muestra dudas, no se puede descartar que Jerusalén decida actuar unilateralmente, lo que podría generar un aumento en la inestabilidad regional. Además, la cuestión iraní no se limita únicamente a su programa nuclear, sino a su rol como actor revisionista en la región, utilizando estrategias de guerra híbrida y proyección de poder a través de una red de aliados y milicias.

El Estrecho de Ormuz, por su parte, se convierte en un punto estratégico crucial, ya que representa una vía de tránsito para un porcentaje significativo del comercio marítimo mundial de petróleo y gas natural. Un cierre de esta ruta sería complicado, pero no imposible, lo que podría agravar aún más la situación si se produce una escalada. La interacción de estos factores podría desencadenar un conflicto que, en última instancia, no dependa solo de las decisiones de Estados Unidos, sino de la propia dinámica de la región.