Un sismo de magnitud 5.0 sacudió Lima el 26 de febrero, reavivando el debate sobre la relación entre los temblores de baja intensidad y la posibilidad de un gran terremoto. A pesar de la percepción común de que estos movimientos podrían reducir el riesgo de un evento mayor, expertos aseguran que no es así. De hecho, estos sismos son parte del comportamiento habitual de una zona con alta actividad sísmica y no liberan la energía acumulada por el prolongado silencio sísmico que afecta a la capital peruana y la costa central del país.

El movimiento telúrico se registró a las 18:21 horas, con epicentro a 36 kilómetros al oeste de Chilca, en la provincia de Cañete, y a una profundidad de 53 kilómetros. De acuerdo con el Instituto Geofísico del Perú, la intensidad del sismo fue clasificada entre IV y V, lo que explica su percepción entre los habitantes, aunque no se reportaron daños materiales ni personales hasta el cierre de la información.

La Marina de Guerra del Perú, mediante su Dirección de Hidrografía y Navegación, descartó la posibilidad de un tsunami, ya que este fenómeno solo puede generarse a partir de sismos de gran magnitud, generalmente superiores a 7.5, que ocurren en el mar y provocan un desplazamiento vertical significativo del fondo oceánico. Ante la historia de silencio sísmico en Lima, que dura alrededor de 278 años desde el terremoto devastador de 1746, los especialistas advierten que esta calma es engañosa y sugiere una acumulación peligrosa de energía, que podría desatar un terremoto devastador en el futuro.