El escenario internacional atraviesa una etapa de conflictos que se expanden con rapidez y adquieren dimensiones globales. No se trata de una reedición de la Guerra Fría ni, necesariamente, del camino hacia una tercera guerra mundial, sino de una dinámica en la que las disputas se encuentran profundamente condicionadas por la globalización y por las interdependencias en materia de energía, alimentos, finanzas, logística y medio ambiente.

En este contexto, los enfrentamientos tienden a convertirse en una situación rutinaria, mientras que los ceses del fuego funcionan apenas como pausas entre nuevos episodios bélicos. Las guerras, además, pueden surgir como consecuencia de gestiones equivocadas o de estrategias voluntaristas, sin una planificación política capaz de sostener los objetivos una vez iniciadas las acciones militares.

La situación actual de Medio Oriente se inscribe en ese escenario. Al histórico e inconcluso conflicto entre Israel y Palestina se sumó la guerra iniciada el 28 de febrero último, presentada como una operación destinada a terminar con un régimen terrorista que niega el derecho a la existencia del Estado de Israel y a desarticular sus capacidades nuclear y misilística.

Sin embargo, cinco meses después del comienzo de la ofensiva, el resultado se encuentra lejos de lo previsto. El desarrollo de los acontecimientos expone los límites del uso descontextualizado del poder militar y de los intentos de promover un cambio de régimen sin una estrategia política clara que permita alcanzar una paz sustentable.

Ante este tipo de escenarios, la diplomacia preventiva adquiere una importancia central. Agotar esa vía antes de iniciar acciones militares resulta cada vez más necesario, especialmente cuando las decisiones adoptadas no contemplan las múltiples interdependencias que atraviesan los conflictos contemporáneos.