La inestabilidad en el Medio Oriente suele provocar un aumento en la prima de riesgo geopolítico, lo que afecta directamente los precios del petróleo. Situaciones que involucran a grandes productores como Arabia Saudita, Irán o los Emiratos Árabes Unidos generan una volatilidad inmediata en los mercados energéticos, especialmente si se ven comprometidas rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, donde transita entre el 20% y el 30% del petróleo mundial. En un contexto de escalada de tensiones, no sería sorprendente que el precio del barril superara los 100 dólares.
El impacto de estos conflictos no se limita al sector del petróleo. En momentos de alta incertidumbre, el dólar tiende a fortalecerse como activo refugio, lo que provoca que los capitales fluyan hacia Estados Unidos. Esto, a su vez, genera presiones sobre el tipo de cambio en economías emergentes, como Perú, donde se podrían enfrentar mayores costos en moneda extranjera, afectando así el reciente fortalecimiento de su moneda, el sol.
A medida que se encarecen las importaciones, el efecto se extiende más allá de los combustibles. Perú depende de la importación de bienes esenciales para su economía, como fertilizantes y maquinaria. Una combinación de precios de petróleo elevados y un dólar fuerte resulta en costos logísticos y productivos más altos, lo que eventualmente puede traducirse en un aumento de la inflación. La situación se agrava debido a la crónica vulnerabilidad energética del país, un problema que se ha intensificado desde 2016, cuando la inversión en exploración petrolera se estancó, disminuyendo de manera alarmante las capacidades productivas del sector.



