El Perú actual se presenta como una economía abierta, resultado de decisiones estratégicas tomadas a lo largo de varias décadas. Esta situación no es producto del azar, sino de un esfuerzo conjunto entre el sector privado, el gobierno y la sociedad civil. Las cifras que respaldan esta afirmación son contundentes: las exportaciones peruanas han pasado de unos 7,000 millones de dólares en el año 2000 a más de 90,000 millones en el último año. En particular, las agroexportaciones experimentaron un crecimiento notable, pasando de 642 millones de dólares a más de 15,000 millones en el mismo período, lo que refleja una transformación significativa en la capacidad de producción y comercio del país.

Sin embargo, este progreso no es algo que se pueda dar por sentado. Hoy se enfrenta una preocupante pérdida de competitividad que limita la capacidad del país para aprovechar al máximo su apertura económica. Problemas como la rigidez en el mercado laboral, brechas en infraestructura que afectan especialmente a las regiones más vulnerables, una excesiva burocracia y una institucionalidad debilitada están obstaculizando la inversión. Sin un nivel adecuado de competitividad, la apertura comercial no se traduce en beneficios sociales; y sin esos beneficios, el descontento social se intensifica, abriendo la puerta a ideologías que han demostrado ser perjudiciales en el pasado.

En este contexto, resulta alarmante que algunas propuestas de candidatos que podrían llegar a la segunda vuelta electoral apunten a un enfoque opuesto a lo que sugieren los datos. Desde el círculo cercano a Roberto Sánchez, surgen críticas a la apertura comercial, con un giro hacia el proteccionismo y la revisión de acuerdos internacionales. Incluso se ha planteado la posibilidad de limitar las exportaciones con el fin de “asegurar” el abastecimiento interno. Este tipo de propuestas generan inquietud, ya que la pregunta fundamental surge: ¿qué ocurriría con las exportaciones de arándanos, que superan los 2,400 millones de dólares, o con las 756,000 toneladas de uvas que se envían al exterior?

Intentar restringir el comercio no protege a la economía; por el contrario, puede llevar a la destrucción de mercados, alejar la inversión y afectar el empleo. La importancia de las importaciones también juega un rol crucial en el desarrollo económico del país. En el año 2000, Perú importaba cerca de 7,441 millones de dólares, cifra que ha aumentado a más de 60,000 millones en la actualidad. Esta tendencia no es un problema, sino una oportunidad que ha permitido diversificar la oferta de bienes, reducir costos para consumidores y empresas, y facilitar la incorporación de tecnología que incrementa la productividad.

Limitar el acceso a insumos importados no solo afecta a los exportadores, sino que también repercute en las industrias que producen para el mercado interno. Muchas de estas dependen de insumos extranjeros para funcionar adecuadamente; restringir su acceso solo encarecerá la producción, disminuirá la competitividad y, inevitablemente, se trasladará a los precios que enfrentan los consumidores. El impacto de estas decisiones es transversal y afecta a toda la economía.

El desafío que enfrenta Perú no radica en su apertura económica, sino en la falta de competitividad para optimizarla. Intentar resolver este problema cerrando la economía sería un error monumental y completamente innecesario. La experiencia económica, tanto del Perú como de otras naciones, muestra que la apertura es fundamental para el crecimiento y el desarrollo.

El camino a seguir debe centrarse en la reducción de las barreras burocráticas, la agilización de procesos, el cierre de las brechas de infraestructura, el fortalecimiento de las instituciones y la creación de un ambiente propicio para la inversión privada. Es en estos aspectos donde se encuentra la clave para un crecimiento sostenible y la generación de empleo de calidad que beneficie a todos los peruanos.