Irán, tras la muerte de su líder supremo y bajo la presión de las fuerzas estadounidenses, se encuentra prácticamente aislado. Sus tradicionales aliados, Rusia y China, optan por condenas diplomáticas y no brindan apoyo militar efectivo en medio del conflicto que se intensifica en la región.

La respuesta de Teherán ante los ataques provenientes de Estados Unidos e Israel ha sido amplificar el alcance de la guerra, lanzando misiles y drones que han impactado en mercados energéticos globales. Estos actos han sacudido a las capitales de todo el mundo y han paralizado el transporte marítimo en el estratégico Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial.

Los misiles iraníes han llegado hasta Chipre, Azerbaiyán y Turquía, afectando infraestructuras críticas y bases estadounidenses. Esto ha provocado interrupciones significativas en el suministro de petróleo y gas natural, elevando los precios de la energía y desestabilizando a las economías globales. La moderación de Rusia y China ante esta crisis se debe a un análisis estratégico que les lleva a evitar un mayor involucramiento en el conflicto, dado que la situación podría acarrearles riesgos inasumibles y costos elevados.